Compartimos la homilía realizada por nuestro fundador Padre Ricardo Facci por sus 40 años de sacerdocio.

¡Cuarenta años de vida sacerdotal! Tenemos la costumbre de celebrar los números redondos. Me toca celebrar los 40 años en medio de la cultura del descarte, del zapping, del se usa y se tira, entonces uno se pregunta: ¿se valora que alguien celebre cuatro décadas de perseverancia? Esto ocurre tanto en el sacerdocio, como en la vida consagrada y como en el matrimonio. ¿Se valora que tengo mi casulla de ordenación intacta?

Hoy celebro con alegría, dándole gracias a Dios por el don del sacerdocio, sin mérito alguno de mi parte. Esta oportunidad no es para celebrar el envase, sino el don de Dios, el misterio de Dios que actúa en la historia, colocado en un “vaso frágil” (2Cor 4,7). En nuestras oraciones pedimos la Providencia de Dios, y no cabe la menor duda de que cada uno de nosotros somos esa providencia concreta, porque el Señor nos ha convocado a ser partícipes y protagonistas de su historia de salvación. Esto responde a la metodología de Dios, llegar al hombre a través del hombre que, prescindiendo de la historia previa, esta opción se manifiesta desde el pesebre de Belén hasta nuestros días.

Cuánta confianza derramada por el Señor en nosotros, humanos, débiles, pecadores, toda una realidad, pero transformada por la gracia de Dios.

1.- Dios nos regala un don.

“No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes” (Jn 15,16). La bondad de Dios nos ha llamado. Una llamada tan especial, que implica la renuncia a todo lo que somos. No es sólo renuncia a cosas materiales, sino hasta la renuncia de cualquier proyecto personal, para que el sacerdote asuma, en toda su vida, el proyecto de Dios.

Un don de Dios que a través del sacramento del orden nos confiere un poder sagrado para actuar en la persona de Cristo, generando una configuración con el sacerdocio de Cristo, que nos hace mediador entre Dios y los hombres. “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19). ¡Qué don tan maravilloso! Un don de Dios que sólo se entiende desde la fe, sin ella imposible comprender la vida sacerdotal.

Por esto, aunque la gente entiende la situación humana de cada sacerdote, de cada consagrado, espera de nosotros testigos cualificados del Evangelio, y creo tienen derecho a exigirnos la perfección de vida, la santidad. Hay que ser sacerdotes como el pueblo espera y desea que seamos. Es que en la medida en que somos conscientes del don recibido descubrimos que se nos exige ser virtuosos. Por esto, es un dolor inmenso si alguien toma el sacerdocio como un camino meramente humano, para ocupar un lugar social, o como un simple trabajo. Nos exige el don del sacerdocio, que uno sea transparente para que se palpe el amor de Dios, el don de la Eucaristía y la capacidad de perdonar los pecados. El Señor no nos añade un hacer de una función determinada, sino que transforma todo nuestro ser, nuestra vida. Nos penetra transformando todas nuestras potencialidades.

2.- Ser otro Jesús.

Si bien es cierto en la confección de los sacramentos se actúa como otro Cristo, la gente espera que imitemos a Jesús en todo su accionar. Él siempre dijo la verdad, no la comprometió jamás. Esta valentía debemos llevar adelante los sacerdotes. Pero también, estos 40 años me enseñaron que los fieles esperan de nosotros que les mostremos a un Jesús que salva, más aún, que comprende y perdona. Jesús jamás dijo que estaba cansado, no respondía con ira y enojos a sus seguidores, se rodeó de pecadores, pero no expulsó a nadie, confió en la gracia de la conversión. Fue condescendiente y trasmitió una enseñanza cargada de amor para con los discípulos. No tenía hacia ellos ironía, sino caridad y corrección fraterna. Recuerdo el dolor de una esposa que me decía que había sido testigo de cómo un sacerdote en un momento trataba mal a sus interlocutores, y me decía, esto no corresponde a un sacerdote y menos si es de Hogares Nuevos. Me decía yo mismo, qué importante es la serenidad de vida. Saber iluminar cada situación. Me impacta leer los testimonios sobre la vida del Siervo de Dios, el Padre José Zilli, la gente no deja de repetir y marcar su humildad, su pequeñez, su atención a todos, amable con quien se encontraba.

Por eso, al haber recorrido 40 años, uno da gracias a Dios por las tantas maravillas que Él ha actuado a través de su instrumento y, al mismo tiempo, con humildad uno debe pedir perdón por muchos que no han encontrado las actitudes de Jesús en el día a día, en nuestra persona.

3.- El tiempo que me tocó vivir el sacerdocio.

En estos 40 años la historia va cambiando vertiginosamente, una civilización globalizada, que busca generar una transformación cultural reñida con los valores del hombre, construyéndose sin la presencia de Dios en la sociedad, generando una profunda descristianización de las costumbres. Severa destrucción de la familia, con un gran desprecio por la vida, con una profunda invasión de la violencia, partícipe de parte de dos siglos donde centenares de miles sufrieron y sufren el martirio. Un tiempo donde las ideologías materialistas han invadido la mente y el corazón de las personas. Al perder la referencia de Dios, al vaciarse el concepto del hombre, cuando se mira el futuro, es evidente que desde una visión moral no avizoramos un futuro promisorio, pero hay que pedir la gracia para no condenar al mundo, sino evangelizarlo. Jesús no nos alejó del mundo, sino que oró por los que nos quedábamos en él: evangelizando, santificando y salvando.

Espero actuar, en el tiempo que Dios me siga regalando para cumplir la misión, con este espíritu, pero pensando en los que vienen con muchas más posibilidades de adentrarse en el futuro, los invito a tomar conciencia de que tenemos un gran desafío. Evangelizar, pero no fundamentados en técnicas y medios electrónicos, sino en un profundo testimonio de humildad, sencillez, calidez humana, transparencia para que se vea a Jesucristo y no a nosotros.

Trabajo, entrega y generosidad. Tres pilares fundamentales deben sostener la evangelización que en el futuro realicemos los sacerdotes, las consagradas y el laicado. El otro día me alegró muchísimo saber de un sacerdote que le expresó a una comunidad de consagradas nuestras, diciéndoles que “tres consagradas hacían lo que no harían ocho monjes”. Me alegró muchísimo por el testimonio de nuestras hermanas, me entristece que de todos los evangelizadores no pueda decirse lo mismo. No pasa por tres, porque seguramente habrá muchísimas más, ni por ocho, tal vez sean menos, pero qué dolor que haya uno que esté de brazos cruzados en la plaza esperando que llegue el Señor para decirle: “qué hacen todo el día aquí de brazos cruzados, vayan ustedes a trabajar a mi viña” (Cfr. Mt 20,4).

4.- El sacerdocio y la familia

La familia es creación de Dios. Como parte de su plan nacimos en una familia. La familia nos engendra, nos acoge, nos brinda la oportunidad de ser felices, nos ayuda a descubrir los principios y las acciones correctas de la vida, enseñanzas realizadas en un ambiente cálido, cargado de amor y nos prepara para la vida eterna. Es en el hogar donde los padres tienen la inmensa responsabilidad de ayudar a sus hijos para que sean felices y se preparen para regresar un día al Padre de los cielos. Esto es felicidad y santidad.

En muchas familias de la Biblia aparece claramente el sacerdocio del padre de familia quien, con la madre, orientan en la santificación la vida hogareña, así los padres de familias deben hacerlo con sus hijos. A veces no entiendo el accionar de la Iglesia, que no pone más empeño en la evangelización de las familias, claro que la salvación es individual, pero no será sin ser comunidad, sin ser Iglesia. Cada familia es una pequeña iglesia, una pequeña comunidad, que debe fortalecerse desde la salvación de Cristo y que, además, debe ser fermento para toda la Iglesia. Este es un camino que jamás debe perder de vista. El camino de la Iglesia es el hombre, pero éste no es pleno sin familia. Podríamos decir que la expresión “el camino de la Iglesia pasa por el hombre” (Centesimus Annus 53), es uno de los puntos salientes de la predicación de San Juan Pablo II, pero también fue llamado el “Papa de la familia”.

Pero, como decíamos, la sociedad en la que nos ha tocado vivir no valora ni contiene la familia, sino todo lo contrario; por lo tanto, aquí los sacerdotes, las consagradas, los laicos comprometidos, tenemos una gran tarea. Ayudar a redescubrir la función sacerdotal en la familia. Los esposos y padres, como compañeros, deben presidir con rectitud, amor y verdadero espíritu de servicio, actuando como líderes de la vida espiritual de la familia.

Los consagrados tenemos la gracia para ser servidores y distribuidores de la gracia de Dios en cada familia (Cfr. 1Cor 4,1), para que ella vuelva a ser lo que debe ser. Cuando vemos no con mucha esperanza el futuro del mundo y de esta civilización, no olvidemos las enseñanzas de San Juan Pablo II, donde nos decía que “el futuro de la humanidad se fragua en la familia”.

Siempre he dicho que Dios me llamó dos veces. Me llamó al sacerdocio y en él a trabajar por la familia. Siempre he tenido una tentación, expresada en algunas oportunidades, pero vivida fuertemente en mi interior: querer estar en todos los lugares. Cómo me gustaría estar en todos esos lugares que no hay sacerdotes para acompañar a la gente, escucharla, bendecirla. Bendecir a las familias, ayudarles a superar dificultades. Cómo me costó siempre ir a realizar misiones a algún lugar y en un momento determinado tener que regresar o partir a otra misión. ¡Cómo me llevaría tantos niños conmigo que viven solos y con mucho riesgo de vida! ¡Cómo evangelizar a cada familia! Por eso, cuánto me duele cuando 200 matrimonios no llegan más que a cuatro o cinco. Claro, lo tengo claro que es una tentación de mi parte, que en alguna oportunidad hasta me llevó a la confesión, porque uno no es la solución de todos, no es la gallina en relación con sus pollitos, pero purificando la intención, no es otra cosa que el deseo de que todo el mundo encuentre la solución en Cristo Jesús. ¡Tantos aún no escucharon hablar de Él! ¡Tantos escucharon, pero palabras que no vibran, que no interpelan, que no despiertan corazones!

Quiera Dios, que se multipliquen los misioneros, sacerdotes, consagradas, matrimonios, jóvenes, anunciadores de la Buena Nueva sobre el Matrimonio y la Familia, sobre el maravilloso don de la vida, fundamentados en nuestro amado Redentor.

5.- Agradecer los dones de Dios.

En estos 40 años no me queda otra oportunidad que agradecer a Dios todo lo que me ha dado.

a.- Agradecer su llamado, desde siempre, a ser su ministro, su consagrado, sin merecer en absoluto esta predilección del Señor.

b.- Agradecer la semilla que sembró en mi corazón para ser misionero, llevando la Palabra a todos los rincones que me ha marcado y posibilitado.

c.- Agradecerle a Dios los instrumentos humanos que utilizó para indicarme el camino sacerdotal, el testimonio de sacerdotes, la oración de ofrecimiento a María, de parte de mi mamá, mientras me llevaba en su vientre, aquel 16 de julio de 1955.

d.- Agradecer el poder que me ha dado de celebrar la Eucaristía. El pilar más fuerte de mi vida espiritual, pudiendo participar de la Santa Misa, diariamente, desde mis cuatro años, siendo su monaguillo; recibir la Eucaristía desde mis cinco años; y desde los veinticuatro años celebrarla en mi sacerdocio. ¡Gracias, Señor!

e.- Agradecer, porque dándome la oportunidad de ser perdonado por mis pecados, me hace valorar inmensamente lo que significa perdonar a todo aquel que se acerca buscando el abrazo del Padre Misericordioso, a través del Sacramento de la Reconciliación. ¿Quién soy yo para perdonar en nombre de Dios? Pero así es, el querer divino se manifiesta en la pobreza y pequeñez del instrumento.

f.- Agradecer por llamarme a vivir el Sacramento del Orden y desde allí custodiar el Sacramento del Matrimonio de modo muy concreto en las familias.

g.- Agradecer la asistencia del Espíritu Santo en el cumplimiento de la misión encargada.

h.- Agradecer los inmensos consuelos en el interior del corazón que produce el ministerio y la consagración, al experimentarse uno, como instrumento de conversión, de fe, de renovación en la frescura del amor de tantas familias.

i.- Agradecer a Dios la oportunidad de la cruz, que permite compartir con el Redentor el sacrificio que redime, que ayuda en el camino de la renuncia y la santificación, especialmente, a la muerte del propio “yo”; la cruz del dolor de no poder acompañar mejor a las personas, la cruz de las ingratitudes e incomprensiones, la cruz de la humillación, la cruz de la responsabilidad en la conducción de la Obra.

j.- Agradecer la bella experiencia familiar que generaron mis padres, en quienes cuanto más profundizo su vida y entrega, más valoro el accionar del Señor en el hogar que construyeron.

k.- Agradecer el don de tantos jóvenes que entregaron sus vidas como sacerdotes y consagradas en la Obra Hogares Nuevos, que son verdaderos compañeros de camino, hacedores de la vida comunitaria que tanto enriquece.

l.- Agradecer por el regalo de tantos matrimonios que me acompañaron en esto 40 años, a los que jamás sabré cómo agradecer. Especialmente, agradecer su misericordia, su cariño, sus exigencias, su aliento en las dificultades, su entrega incondicional en la misión que Dios nos encomendó a los miembros de la Obra.

m.- Agradecer a quienes conformaron en todos estos años el conjunto de los hijos, hoy muchos de ellos ya con su propia familia, profesionales, consagrados, pero que en todos los tiempos me permitieron ejercer la paternidad que uno no dejó archivada en el baúl de los recuerdos.

n.- Agradecer a los amigos que Dios nos regaló en el camino de la vida, fueron pilares en momentos difíciles y son aliento constante en las exigencias de la misión. Amigos que a pesar de la distancia, a diario hacen que se experimente su presencia en el peregrinaje hacia el encuentro definitivo con el Señor.

Por supuesto, además de agradecer es imprescindible pedir perdón:

a.- En primer lugar, pedir perdón al Señor, por no transparentar siempre su presencia, empañándolo con el propio “yo”, que nunca termina de decrecer para que Él crezca.

b.- En segundo lugar, pedir perdón a todos los que se encontraron conmigo en la vida, por si mi testimonio no fue lo que esperaban de mí, por si faltó entrega de mi parte, por si una palabra o un gesto mío los ha herido, por si no he sido lo suficientemente generoso, por si mi vasija frágil generó dolor.

c.- En tercer lugar, pedir perdón a mis obispos por si no he comprendido lo que se esperaba de mí; a los sacerdotes y religiosos, por si no he tenido una actitud eclesial abierta y generosa.

d.- En cuarto lugar, a los sacerdotes y consagradas de la Obra Hogares Nuevos, por lo que ha faltado en guiarlos mejor para una profunda y seria entrega al Señor, por si no he tenido la palabra oportuna que aliente en el camino, por las veces que en la convivencia diaria no he mostrado el testimonio esperado.

Conclusión

Como he dicho la vocación a seguir de modo pleno a Cristo surge por una llamada de Él, la iniciativa es del Señor. Todo depende de su misericordiosa voluntad. Cuántas veces le pregunté al Señor, ¿por qué a mí, habiendo otros más capaces o que muestran más valores? Nunca se podrá responder esta pregunta desde visiones humanas. Si uno insiste en la pregunta, podemos volver a escuchar la respuesta que el Señor le hizo a Pedro: “A ti qué te importa, tú sígueme” (Jn 21,22).

Como María nos enseñó y acompaña a poder sostener la palabra en el tiempo, decimos: “hágase en mí, según tu voluntad”. “Todo de Cristo y con él servidor de los hombres”. Servidor de las familias.

Para terminar, hago oración las palabras que el Obispo nos dijo el día de nuestra ordenación: “Que Dios complete y perfeccione la obra que Él mismo comenzó en Ti”.

“Dios haga y perfeccione la obra que Él comenzó en mí”.
Que siempre me disponga a contemplar el misterio del Padre,
que lleve conmigo la luz del Verbo,
y habite en mí la llama del Amor que es fuego del Espíritu.
Señor, dame la gracia para ser siempre un hombre del Evangelio,
que mi inteligencia sea humilde para permitir que Tú la ilumines,
y mi barro maleable para que lo moldees según Tu Voluntad.
Que puedas, Señor, saciar a través de este instrumento el hambre y sed de este mundo de infinito, de cielo,
no permitas que me aten las criaturas efímeras
y no me pierda jamás en el tiempo.
Que nunca deje de aprender el misterio del Padre,
que cuide la luz de Cristo,
y sepa compartir el Amor increado derramado en mi corazón.
Dame la gracia de estar de rodillas ante el misterio,
para tener una visión objetiva del mundo,
y así, insuflarle la verdad,
sembrándole esperanza de cielo,
sabiduría para leer el paso de Dios por la cotidianeidad,
coraje de pastor para formar al rebaño,
luz para el ciego, sostén para el pobre;
padre de todos, presencia de tu realidad providente.
Que nunca hable yo, sino que sea el Espíritu en mis palabras. Amén (Parafraseado de los Himnos de Laudes del común de doctores y de Laudes del común de pastores, de la Liturgia de las Horas).
Fuente: Padre Ricardo E. Facci



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