La Pandemia permite abrir posibilidades. Todos podemos elegir qué acciones tomar frente a esta “tempestad” como la denominó el Papa Francisco en su bendición Urbi et Orbi del pasado 27 de marzo.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Los laicos, como instrumento vivo, eficiente y eclesial, somos constructores de una nueva sociedad. Tenemos un desafío por asumir, un nuevo liderazgo.

Debemos diseñar nuevas estrategias, a partir de los criterios que propone el Evangelio, para transmitir la fe, esperanza y caridad que le faltan al mundo.

Fe que implica confianza absoluta en Dios, Esperanza sostenida en la oración y la Eucaristía para contagiarla a los demás, y Caridad por la que nos reconocerán como Sus discípulos, amar como Él nos amó.

Los laicos somos agentes de la Iglesia en salida. Debemos abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

Fuente: Entrevista Mons. Mario Moronta, Cebitepal



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