En su reflexión semanal el Obispo Emérito de la diócesis mexicana de San Cristóbal de las Casas, Monseñor Felipe Arizmendi; nos invita a convertirnos de corazón para que seamos capaces de aceptar al otro y acogerlo con generosidad y amor, como lo haría Cristo con nosotros.

Nuestros gobiernos y los medios informativos hablan mucho de “la nueva normalidad”, que hacen consistir en la nueva forma de vivir en sociedad, en el comercio, el trabajo, la escuela, el deporte, la calle, una vez que vaya pasando la pandemia por el SARS-CoV-2, que nos trajo la enfermedad COVID-19. Se sugieren medidas más cuidadosas de higiene, “sana distancia”, estornudo “de etiqueta”, uso de mascarillas, etc. Muchas personas han asumido esta nueva forma de socialización con mucha responsabilidad; sin embargo, hay miles a quienes nada les importa, ni su propia salud, ni la de los demás. Su normalidad es la de siempre; su vida para nada ha cambiado, y parece que seguirá igual.
Hemos insistido en que esta pandemia no es castigo de Dios, sino una advertencia para que nos convirtamos y no sigamos con nuestra “vieja normalidad”.
La nueva normalidad debería implicar, como exhorta San Pablo, “despojarse de la conducta de antes, la del hombre viejo que se corrompe por los deseos engañosos, a renovar su mente por medio del espíritu y a revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en vista al don que nos hace justos y a la santidad verdadera. Por eso, despojándose de la mentira, que cada uno diga la verdad a su prójimo, porque somos miembros unos de otros".
Para que haya nueva normalidad, conviene tener muy en cuenta lo que dice San Pablo a los colosenses: “Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Prefieran, pues, los bienes de arriba, no los de la tierra. Porque ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Pero cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también se manifestarán con él llenos de gloria. Por eso, den muerte a lo que hay de mundano en ustedes.
Sean agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza, para que -con toda sabiduría- se enseñen y aconsejen unos a otros, y con un corazón agradecido, canten a Dios salmos, himnos y cánticos inspirados. Por tanto, todo cuanto hagan o digan, háganlo todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Ël”.
Fuente: celam.org



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