Que nuestra casa sea un templo, no interesa si es de barro, ladrillo o madera, lo importante es que se pueda reconocer que Dios habita allí. Que Él está en el comedor, la cocina, el dormitorio. Que se lea su Palabra, que se dirija a Él en oración.

Que nuestra mesa sea un altar: en la mesa se come el pan y se bebe el vino. Allí se ofrece una acción de gracias por todo lo que se tiene y por el amor que los une. La mesa es espacio de encuentro y de cariño.

Que nuestro pan sea un sacrificio: que el pan que se parta sea un sacrificio de bendición. El pan es el signo del esfuerzo de todos para cumplir con sus tareas y así hacer un mundo más justo y hermoso.

Hablar de pan, altar, sacrificio de bendición, se puede porque los matrimonios son un verdadero sacerdocio. Por ese sacerdocio, van santificandose mutuamente por medio del amor expresado entre ambos.

Los padres también son sacerdotes porque van mostrando a Dios en la familia, son los primeros catequistas de los hijos.

Una iglesia es una comunidad familiar alegre, servidora, que se reconoce enviada a iluminar la tierra. Una iglesia así no olvida celebrar la cena del Señor (misa) con las otras iglesias domésticas en comunidad.

Pequeña Iglesia! Ahí está el Señor, presente en medio, animando la vida, salvando con su amor.

Del libro "Corazones Fecundos", Padre Ricardo E. Facci



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