La vocación al amor con la que Dios llama a la existencia a cada ser humano, no queda en lo sentimental o en lo abstracto. Se concreta de manera muy visible, de modo que permite ver a través de lo humano, la acción divina en el mundo.

. Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la Alianza que une a Dios con su pueblo.[1] La comunión de amor entre Dios y los hombres se expresa fuertemente en la alianza esponsal que se establece entre el hombre y la mujer. Por esto, la palabra central de la Revelación, “Dios ama a su pueblo”, es pronunciada a través de las palabras vivas y concretas con que el hombre y la mujer se declaran su amor conyugal

Existe además el llamado a consagrar la vida entera y exclusivamente a Dios. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. En la virginidad el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que Cristo se dé a ésta en la vida eterna. La persona virgen anticipa así en su carne el mundo nuevo de la resurrección futura. Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona consagrada se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización de la familia según el designio de Dios.[2]

Fuente: Hno Sergio Andrés Gonzáles

[1] Cfr. F. C. 12

[2] Cfr. F. C. 16



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