Nadie puede vivir sin amor

El ser humano tiene diferentes capacidades que lo conduce a distintas actividades en la vida: oficios, profesiones, artes, un sin número de quehaceres. Podemos desear diferentes actividades pero, ¿puede existir alguien que no desee el amor?[1]

Dios nos creó a su imagen y semejanza: nos creó por amor, y para el amor. Él es amor y para ello mismo llama al hombre y la mujer, y nos da la capacidad para ello. El amor es la vocación fundamental de todo ser humano. El hombre está llamado al amor en cuerpo y alma. El Señor ha pensado por ello, dos modos específicos de realizar la vocación al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de su ser imagen de Dios.[2]

[1] Cfr. Cartilla 285

[2] Cfr. F.C. 11

El Amor da un sentido, una direccionalidad, genera sueños, metas, y proyectos en común.

Cuántas veces vemos personas sin rumbo, sin un sentido claro del por qué ni del para qué de sus vidas… Este es el triste resultado de un mundo que quiere caminar sin Dios, único fundamento de la dignidad de la persona. Sin embargo, aun cuando el mundo ha robado a una persona todas las posibilidades de amar, siempre seguirá buscando maneras de expresar aquello para lo que fue creado. Y el canal más hermoso por el que esto puede darse, es precisamente la familia, y la comunidad. Esto nos da la esperanza y vislumbra caminos de salvación en medio de las tinieblas. Por eso, el accionar de Hogares Nuevos encuentra la fuerza motivadora en un gran amor por la familia.[1] Cuán grande será si hasta Dios mismo ha querido nacer en una familia.

El amor es atractivo, porque es promesa de felicidad, no en un futuro lejano, sino en el ahora, a través de la donación de sí, y con una proyección hacia la eternidad. Esto genera un sentido, una direccionalidad, que en la medida en que se alimenta con la Gracia de Dios, va llevando a la persona a un camino de sanación y salvación. Al encontrar el camino para el que fue creado, que es Cristo mismo, nos va llevando a descubrir un horizonte mucho más amplio, en Su amor, que incluye a los demás en el propio sueño, amplía el corazón y hace capaz de gozar con el gozo del otro, de ser feliz con la felicidad del otro. Estos lazos, no son otra cosa que Cristo mismo, instaurando su Reino en nuestro corazón, vinculándonos con lazos irrompibles, que ni el propio pecado puede destruir, ya que Él siempre está dispuesto a reparar los daños con su misericordia.

Fuente: Hno. Sergio Andrés Gonzáles

[1] Cfr. Camino de Vida, Art. 10



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