"Sed santos, porque yo soy santo”. (1Pe 1,16) El Señor nos hace un llamado concreto a vivir la santidad. El Concilio Vaticano II nos dice: "Todos los hombres están llamados a vivir la unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia el cual caminamos" (LG 3).

La Obra Hogares Nuevos responde a este llamado e invita a todos sus miembros a tener como fin la santidad en la obediencia al Evangelio, siguiendo a Cristo como Guía, Maestro y Señor de sus vidas y que sus familias y comunidades vivan, en su interior, la presencia real de Cristo, unidos plenamente a Él para ser sus testigos y ser fructíferos en la misión. (Estatutos Art. 5)

Para “Hogares Nuevos- Obra de Cristo” la santidad es una decisión firme, heroica, que nos conduce a abandonarnos por completo en Cristo, en la búsqueda de realizar la voluntad de Dios con alegría. “La voluntad de Dios es que todos se hagan santos” (1Tes 4,3), por eso para los cristianos y especialmente para los miembros de Hogares Nuevos es imposible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad.

Todos estamos llamados a ser testigos, pero “existen muchas formas existenciales de testimonio” (GE 11), Dios ha puesto para nosotros este camino, porque Hogares Nuevos es camino y escuela de santidad, dado que la meta no puede ser otra que la de la misma Iglesia: la santidad de cada familia. Esposos santos, matrimonios santos. Padres e hijos santos, familias santas. Que cada hogar pueda ser la maravillosa realidad de un trozo de cielo en la tierra”. La acción del Espíritu Santo anima, lleva al proceso de santificación en la propia vida e impulsa a identificarse con Cristo. (Reglamento Art. 5,b)

Es el mismo Cristo que quiere garantizar la santidad del matrimonio y de la familia, quiere defender la plena verdad sobre la persona humana y su dignidad. (Carta a las familias, 20)

Como escribía Pablo VI, «a ellos ha confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana» (FC 35)

Tener a Cristo como guía inspirador y modelo significa ir detrás de Él, siguiendo sus huellas, teniendo siempre presente sus palabras, sin apartar ni un instante la mirada de su ejemplo de vida. “les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes” (Jn 13,15) (Reglamento Art. 5,c)

En el fondo la santidad es vivir en unión con Cristo los misterios de su vida. La contemplación de estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes. Porque “todo en la vida de Jesús es signo de su misterio”, “toda la vida de Cristo es Revelación del Padre”, “toda la vida de Cristo es misterio de redención”, “toda la vida de Cristo es misterio de Recapitulación, y “todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en él y que él lo viva en nosotros”. (GE 20)

Sólo se conoce a Jesús comprometiéndose a seguirle, en una actitud de ejecutar el amor en acción concreta. El amor a Jesús implica no anteponer absolutamente nada a Él. Lo que ordena la vida y le asegura la felicidad es amar como Jesús amó.

Padre Ricardo menciona que “la santidad consiste en amar ordenadamente al Creador y a las creaturas. Amar; así de simple, así de exigente para el ser humano”. (Cfr. La verdad te hace libre, cap. I)

Seguir a Cristo es estar con Él, como opción de vida, permitiendo que intervenga y decida en la vida de cada miembro, buscando agradarle y haciendo su voluntad.

En la medida en que permitamos a Jesús que habite en nosotros y realice su obra en nuestra mente y corazón, podrá darse el objetivo de la configuración, el rostro de Cristo configurado en nuestro rostro. En definitiva, nuestro rostro debe reflejar el rostro de Cristo, que ríe, llora, perdona, corrige, da ternura y ama. (La verdad te hace libre, cap IV)

Hogares Nuevos- Obra de Cristo nos invita a ser testigos de que, en el encuentro con Cristo, se experimenta su amor y misericordia, se enamora fuertemente de Él, iniciando el camino tras los pasos de Jesús, pidiendo la fuerza necesaria porque no se quiere abandonarlo jamás, aunque en todo el camino sólo pueda balbucearse “Señor, ten piedad”. (Reglamento Art. 5).

Precisamente para tratar de amar como Cristo nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en acción, incluso en medio de la debilidad humana. (GE 18)

El encuentro con Cristo, el seguimiento de Cristo importa la donación total de sí mismo. La vocación cristiana nace de una propuesta de amor del Señor. Sólo podrá realizarse si se es capaz de una respuesta de amor: entrega total de la vida, sin reserva ni cálculos egoístas, sino con una gran confianza en el Señor.

Se puede ser un laico comprometido, consagrado, sacerdote, un gran predicador de perfecta elocuencia, pero si no se tiene el amor de Cristo en uno, el amor de caridad que es el amor de Dios, no vale para nada. Hay que ser grandes, pero no porque se tenga grandes capacidades, sino se tiene que ser grande de corazón porque Cristo actúa, transforma y convierte en algo nuevo. (Cristo mi ganancia, Cap. 3)

A la luz de las enseñanzas de San Juan Pablo II, Hogares Nuevos busca ayudar a cada familia a experimentar que el amor humano es un camino de santidad, donde cada experiencia auténtica del amor es una posibilidad de llegar hasta Dios, fuente suprema del amor. Es la familia, aquel lugar donde se aprende cómo la persona humana encuentra su plena realización en el don sincero de sí misma. El hombre creado por amor es llamado al amor, esta es su primera vocación. La familia es la “comunidad del don, del donarse” y, al mismo tiempo, lo transmite y enseña a las nuevas generaciones.

Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Familiaris Consortio, nos dice: «¡Familia, sé lo que eres!»; en ella son desarrollados los dos aspectos constitutivos esenciales de la misión de la familia: comunidad de personas y servicio a la vida.

El mandamiento «¡Familia, sé lo que eres!» hunde sus raíces en el ser mismo del matrimonio, el cual se expresa en leyes que estructuran la familia. La riqueza contenida en la semilla del matrimonio se desarrolla con toda su fuerza y potencia en la vida familiar, confirmando día a día la validez y el designio de ese germen inicial.

El futuro de cada núcleo familiar depende de este «amor hermoso»: amor recíproco de los esposos, de los padres y de los hijos, amor de todas las generaciones. El amor es la verdadera fuente de unidad y fuerza de la familia. (Carta a las familias, 20)

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar». La espiritualidad conyugal cristiana tiene su propio fundamento en el misterio de la entrega fecunda de Cristo a su Iglesia, de la cual los esposos cristianos participan mediante el sacramento del matrimonio.

Los esposos, "cumpliendo en virtud de este sacramento especial su deber matrimonial y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, con el que toda su vida está impregnada por la fe, la esperanza y la caridad, se acercan cada vez más a su propia perfección y a su santificación mutua y, por tanto, a la glorificación de Dios en común" (GS 48).

“Sed santos, porque yo soy santo”. (1Pe 1,16)

Fuente: Hna. Nadia Karina de Lima



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