2 de noviembre: Conmemoración de los fieles difuntos

La esperanza es un ancla que tenemos del otro lado: “Sé que mi Redentor está vivo y lo voy a ver”. Fueron palabras del Papa en la homilía de la Misa en la Conmemoración de los fieles difuntos, celebrada en la Iglesia del Camposanto Teutónico.

Francisco reflexionó sobre las tantas cosas feas que nos llevan a la desesperación hasta creer que “todo será una derrota final, que después de la muerte no habrá nada”. En esos momentos “vuelve la voz de Job:” "sé que mi Redentor está vivo y que, en el final, se levantará sobre el polvo y lo veré, yo mismo, con estos ojos".

El Papa recordó también que la esperanza, como dijo Pablo "no defrauda”: ella “nos atrae y da un sentido a nuestra vida”.

Yo no veo el más allá. Pero la esperanza es el don de Dios que nos atrae hacia la vida, hacia la alegría eterna. La esperanza es un ancla que tenemos del otro lado: nosotros, aferrándonos a la cuerda, nos sujetamos. “Sé que mi Redentor está vivo y lo ver”: repetir esto en los momentos de alegría y en los malos momentos, en los momentos “de muerte”, por decirlo así. (...)El Señor nos recibe allí, donde está el ancla. La vida en la esperanza es vivir así: aferrándose, con la cuerda en la mano, fuerte, sabiendo que el ancla está ahí. Y esta ancla no decepciona: no defrauda.

Y porque “nunca podremos tener la esperanza con nuestras propias fuerzas”, "debemos pedirla", reiteró el Papa, puesto que es "un don gratuito que nunca merecemos: es dada, es donada. Es gracia". Es el mismo Señor quien "confirma esto", afirmó Francisco, recordando Sus palabras: “Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí, y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”.

Concluyendo la homilía, las palabras del Santo Padre están dedicadas a los tantos hermanos y hermanas que se han ido, pero también a quienes aún aquí estamos: Hoy, - dijo finalmente- en el pensamiento de tantos hermanos y hermanas que se han ido, nos hará bien mirar los cementerios y mirar hacia arriba y repetir, como hizo Job: “Sé que mi Redentor vive y lo veré, yo mismo; mis ojos lo contemplarán, y no otro”. Esta es la fuerza que nos da la esperanza, este don gratuito que es la virtud de la esperanza. "Que el Señor nos lo dé a todos".

Fuente: vaticannews.va



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