“El que escucha las palabras”: Jesús aquí está hablando de la voluntad del Padre. Una voluntad que tenemos que conocer. Porque si no la conocemos, ¿cómo podremos cumplirla?

Allí está la exigencia de cada uno por conocer la voluntad y acercarnos a la Palabra de Dios. Sin acercarnos a ella, difícilmente lleguemos a conocer Su voluntad.

Podemos argumentar que tenemos mucho contacto con la Palabra de Dios. Pero, ¿la escuchamos como palabra de Dios? ¿Permitimos que el tiempo que se le dedica se la vaya rumiando, gustando, profundizando, para que penetre y transforme el corazón?

Ponemos en práctica la Palabra cuando ella penetra en nosotros y la voluntad de Dios se identifica con nuestra voluntad, porque se lo hemos permitido. Lo que Él piensa, dice, quiere, su misma Palabra, la pondremos en práctica si la dejamos penetrar en nosotros. Cuando este proceso ocurre, se va solidificando nuestro crecimiento cristiano. Se solidifica la vida cristiana, porque se va construyendo sobre roca.

Por eso, no deber haber un solo día que no se tenga contacto con la Palabra de Dios. Pero no solamente porque se fue a Misa, se oró con Salmos, porque en la oración personal se la leyó, sino porque hubo predisposición a que penetrara el corazón.

Cada día de nuestra vida tiene que reservar un espacio, unos veinte minutos o media hora, durante los cuales la Palabra debe estar en nuestras manos. ¿Cómo hacerlo? Hay varios modos:

-se puede leer de corrido, siempre empezando por el Nuevo Testamento;

-en la agenda, ver la lectura de cada día, seguir el orden litúrgico.

Tomarse el tiempo, serenamente, sin apuro.

La Palabra no es para terminarla de una vez; una, dos, mil veces se debe volver a ella. La Palabra debe penetrar, hasta que la voluntad se identifique con la voluntad de Dios.

P. Ricardo E. Facci, “Cristo decide en mi vida”, HN ed.



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