San Ignacio de Loyola supo transmitir a los demás su entusiasmo y amor por defender la causa de Cristo. Toda su felicidad consistía en trabajar para Dios y sufrir por su causa.
Nació y fue bautizado como Iñigo en 1491, en el Castillo de Loyola, España. Era el más chico de ocho hijos. Quedó huérfano y fue educado en la Corte.

A los 31 años en una batalla, cayó herido de ambas piernas por una bala de cañón. Fue trasladado a Loyola para su curación y soportó valientemente las operaciones y el dolor. Estuvo a punto de morir. Durante su recuperación leyó

la Vida de Cristo y Vidas de los Santos. Sin mucho interés, comenzó a leer y luego

se encendió en deseos de imitar las hazañas de los Santos y de estar al servicio de Cristo. Pensaba: “Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, también yo puedo hacer lo que ellos hicieron”.
Una noche, Ignacio tuvo una visión que lo consoló mucho: la Madre de Dios, rodeada de luz, llevando en los brazos a su Hijo, Jesús.

Iñigo pasó por una etapa de dudas acerca de su vocación. Pasó por un período de aridez y empezó a escribir sus primeras experiencias espirituales. Éstas le sirvieron para su famoso libro sobre “Ejercicios Espirituales”. Finalmente, salió de esta sequedad espiritual y pasó al profundo goce espiritual, siendo un gran místico.

Ignacio de Loyola, de acuerdo con sus compañeros, resolvió formar una congregación religiosa que fue aprobada por el Papa en 1540, La Compañía de Jesús. Añadieron a los votos de castidad y pobreza, el de la obediencia, con el que se comprometían a obedecer a un superior general, quien a su vez, estaría sujeto al Papa.

Fuente: catholic.net



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