La familia es un santuario de vida, por la gracia de Dios está llamada a la fecundidad. El matrimonio cristiano acoge la vida como Don de Dios, es colaborador e intérprete de la bondad y la fecundidad de Dios.

Tiene la función determinante e insustituible en la promoción de la cultura de la vida. Es comunidad de amor y vida.

En virtud del sacramento del matrimonio, los esposos asumen la misión de ser testigos y anunciadores del Evangelio de la Vida.

La familia contribuye al bien de la sociedad ejerciendo la paternidad y maternidad responsable. Colabora en la obra creadora de Dios dando una generosa acogida a la vida, según las condiciones físicas, psicológicas, económicas y sociales propias.

La paternidad responsable implica el rechazo de la esterilización, el aborto y los métodos contraceptivos, delitos y desorden moral contra la vida, y promueve la abstinencia en periodo de fertilidad, como método anticonceptivo.

Una paternidad responsable no supone, asimismo, el derecho al hijo. Esto excluye las técnicas de reproducción asistida como donación de espermas o maternidad sustituta, técnicas de laboratorio que separan el acto unitivo del fecundativo y dañan el derecho del niño por nacer.

La procreación tiene una dimensión espiritual por naturaleza y porque la vida se inicia y termina en Dios.

Servir al Evangelio de la Vida exige que los laicos participen en organizaciones sociales que promuevan y defiendan la vida desde la concepción hasta la muerte natural.

La tarea educativa de la familia

La familia es la primera escuela de virtud. Es insustituible en la educación de los hijos, en la transmisión de valores fundamentales para el desarrollo y ejercicio de una libertad responsable.

En el seno familiar, el amor guía toda acción educativa, así se genera lo mejor de los hijos por el amor.

La educación de la prole es un deber y un derecho de los progenitores. Es un derecho esencial, original y primario por la unicidad de amor. Es insustituible e inalienable.

Este derecho no puede ser cancelado por el Estado, por el contrario, debe ser promovido y garantizado.

Las familias tienen que elegir el instrumento formativo para sus hijos, incluso en materia religiosa y deben ser libres para hacerlo, sin soportar cargas que limiten esta libertad.

Hay que defender la educación integral en orden al fin último de la persona. Esto se asegura cuando se forma con palabras y testimonios, cuando se cultiva en el ámbito familiar la justicia y la caridad. El padre y la madre obrando conjuntamente emanan una autoridad creíble y sabia, orientada al bien integral del hijo. Aspecto no menos importante es la educación sexual que debe estar vinculada a valores éticos para lograr un crecimiento responsable de la sexualidad.

Dignidad y derechos de los niños

Los niños son el futuro del mundo. Sus derechos deben ser respetados y protegidos por ordenamientos jurídicos nacionales e internacionales.

El primero de estos derechos es nacer en una familia verdadera. Un niño tiene que nacer y crecer en el amor.

La familia es el instrumento más eficaz de humanización y personalización de la sociedad. Por ello la sociedad debe respetar y promover la familia, teniendo en cuenta un especial reconocimiento a la unión fundada en el sacramento del matrimonio. Toda persona es en relación a su familia.

La familia, como protagonista de la vida social, debe favorecer la solidaridad familiar. Ello supone la ayuda mutua, intrafamiliar y la participación social y política de sus miembros.

Hay que enseñar y reforzar la solidaridad. Así se logrará el pleno cumplimiento de las tareas sociales, culturales, económicas y jurídicas de las familias. También en el ámbito religioso: familias evangelizando familias.

Fuente: ciclo de charlas "Con Cristo en nuestro hogar", Padre Agustín Riquelme y Padre Mario Giménez.



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