Las virtudes se cultivan en la familia, desde la infancia.

La Iglesia en su noble pedagogía nos ofrece como modelos a imitar la vida de los santos. La vida de ellos, nos animan a cultivar la amistad con Dios, a partir de una búsqueda constante de su voluntad a través de los acontecimientos de la vida.

Les presentamos la vida de una familia francesa, que, a fines del siglo XIX, nos dejó un modelo a seguir, por su ejemplo en la tarea de educar a sus hijos, por poder sembrar en cada uno de ellos, valores y virtudes.

Conociendo su historia…

Luis Martín, papá de Santa Teresita nace en Burdeos el 22 de Agosto de 1823. En una ocasión, al decirle el capellán de su regimiento que, entre la tropa, se extrañaban de que, durante la Misa, permaneciera tanto tiempo de rodillas después de la consagración, él respondió sin pestañear: «¡Dígales que es porque creo!». Luis no elige el oficio de las armas, como su familia, sino el de relojero.

En el año 1845, toma la decisión de entregarse por completo a Dios, por lo que se encamina al Hospicio de San Bernardo el Grande, pero fue rechazado porque no sabía latín. Para perfeccionar su instrucción, se marcha a París, regresando e instalándose a continuación en Alençon, donde vive con sus padres.

Luis ni siquiera piensa en el matrimonio. A su madre le preocupa, pero en la escuela de encajes, donde ella asiste a clase, se fija en una joven, hábil y de buenos modales.

Aquella joven es Celia Guérin, nacida en Gandelain, en el departamento de Orne (Normandía), el 23 de diciembre de 1831. En septiembre de 1844 su familia se instala en Alençon.

Celia piensa en la vida religiosa. Pero la superiora de las Hijas de la Caridad, le responde sin titubear que no es ésa la voluntad de Dios. Un hermoso optimismo sobrenatural la hace exclamar: «Dios mío, accederé al estado de matrimonio para cumplir con tu santa voluntad. Te ruego, pues, que me concedas muchos hijos y que se consagren a ti».

Celia entra en la escuela de encajes para perfeccionarse en la confección del punto de Alençon, técnica de encaje especialmente célebre.

Un día, al cruzarse con un joven de noble fisonomía, de semblante reservado y de dignos modales, se siente fuertemente impresionada, y una voz interior le dice: «Este es quien he elegido para ti». Se trataba de Luis Martin.

En poco tiempo los dos jóvenes llegan a apreciarse y a amarse, y el entendimiento es tan rápido que contraen matrimonio en julio de 1858, tres meses después de su primer encuentro.

Luis y su esposa se proponen vivir como hermano y hermana, siguiendo el ejemplo de San José y de la Virgen María.

Diez meses de vida en común en total continencia hacen que sus almas se fundan en una intensa comunión espiritual.

En menos de trece años tendrán nueve hijos. Los esposos Martin experimentan esa verdad al recibir a sus numerosos hijos: «No vivíamos sino para nuestros hijos; eran toda nuestra felicidad y solamente la encontrábamos en ellos», escribirá Celia. Tres de sus hijos mueren prematuramente.

Plegarias y peregrinaciones se suceden en medio de la angustia, en especial en 1873, durante la grave enfermedad de Teresa y la fiebre tifoidea de María. En medio de los mayores desasosiegos, la confianza de Celia se ve fortificada por la demostración de fe de su esposo, en particular por su estricta observancia del descanso dominical: Luis nunca abre la tienda los domingos. Es el día del Señor, que se celebra en familia.

Ambos fueron declarados santos el 18 de octubre de 2015, convirtiéndose en el primer matrimonio declarado santo.

La educación de los hijos en la fe

El Padre Ricardo Facci, el año 2011, nos regaló una cartilla, la número 306, julio del año 2011 que nos ilumina y aconseja sobre cómo llevarlo adelante:

“La formación de la fe es de suma importancia, porque solamente ella es posible apoyar una educación en valores y virtudes, un sentido profundo de la vida. Por esto ante el temor de muchos padres de fallar quiero compartirles líneas concretas de acción, un aporte para que ustedes, los padres, puedan generar en la calidez del hogar un ambiente favorable a la educación en la fe. El don de la fe exige condiciones y un clima familiar acorde a la posibilidad de desarrollar lo sembrado por el Señor en el sacramento del bautismo. Voy a mencionar algunas premisas imprescindibles:


  1. Lo primero es presentar a Jesucristo como la Verdad y que la “ Verdad los hará libres” (Jn 8,32). En la tarea educativa es fundamental apoyar toda la dimensión de los valores, los conceptos de vida, las opciones a realizar, en la única y absoluta Verdad, sino se cae en el riesgo de ser invadidos por el relativismo actual. La libertad para la cual se debe educar, dista infinitamente del libertinaje que ´propone la sociedad. Ser libre es ser dueño de sí mismo y esto no se logra por decreto, sino por una educación sólida desde una temprana edad.



  1. Los padres deben tener ante todo a Jesucristo. Luchar contra la mediocridad de la fe, especialmente si esta insuficientemente cultivada. La fe cristiana hay que profundizarla, conocerla, vivirla, transmitirla.



  1. Uno de los modos de transmitir la fe es por testimonio, por contagio. Todo el tejido familiar debe estar impregnado de un clima que manifieste la presencia de Dios. Sino la ruina espiritual invadirá esa familia. Muchos padres se preocupan ante una enfermedad de sus hijos, un débil desarrollo físico, el poco crecimiento del aprendizaje en la escuela, mientras no se vislumbra que se ocupen en la misma medida por la salud y crecimiento espiritual de esos niños y jóvenes.



  1. Los padres en la transmisión de la fe a sus hijos deben conducirlos a una experiencia concreta del Cristo Vivo, presente y actuante en la vida familiar. Además enseñarles el catecismo, -las verdades de la fe- introducirlos en la oración como diálogo con Jesús, especialmente que aprendan a reunirse ante el Altar familiar, invitarlos con la palabra y el propio testimonio a recibir los sacramentos, realizar visitas a Cristo en el Sagrario, leer y meditar con ellos la Palabra de Dios, sembrar el hábito de la lectura de libros formativos, iluminar para que no queden atrapados en programas de televisión, periódicos y revistas, páginas de internet, que no sólo no edifican sino que además envenenan la mente y el corazón de los niños y jóvenes.



  1. El amor a los hijos no se manifiesta en ser permisivos avalando libertinajes, sino en una entrega sincera; cuidando el uso de la libertad de los hijos; buscando siempre hacerles el bien para que puedan ser felices en sus vidas; respetándolos, compartiendo sus intereses y preocupaciones; haciendo atractiva la vida en familia. Nunca aislarlos, pero estando atentos a sus amistades y diversiones.



  1. Dialogando y escuchándolos por sobre todas las cosas. Educar en y para el diálogo. Para esto es fundamental dedicar tiempo a los hijos, mostrarles el amor que se les tiene. Alentarlos, animarlos, aplaudirles, pero sin dejar de hacer las correcciones con firmeza y cariño.



  1. Hay que formar a los hijos para que tengan criterios válidos, sólidos y verdaderos, diría más, criterios de eternidad, para que no se dejen seducir y engañar por el mundo, el consumismo, el libertinaje, el desapego a la familia, las diversiones incontroladas, el abuso de la televisión, la computadora y los juegos electrónicos. En una mente y corazón sanos es posible la vivencia de una fe sólida



  1. Educar a los hijos desde muy pequeños, para que adquiera hábitos sanos en todos los aspectos de la vida: horarios, disposición a la responsabilidad, al trabajo, al estudio.



  1. Formar a los hijos para una inserción social y eclesial positiva. Deben ser conscientes que en el paso por este mundo se debe dejar un aporte importante, desde grandes responsabilidades o servicios pequeños. Formados no para servirse de la sociedad sino para servirla.


La tarea educativa de los hijos no es fácil. Pero, si los padres asumen la importancia relevante que tiene la transmisión de la fe como base y fundamento de todo otro aspecto educativo, tiene otra oportunidad la educación frente a los logros de los objetivos. La fe no es un añadido a la persona, es la carga del sentido propio de la vida y contiene en sí misma el sostén de los verdaderos valores, que conducirán a la plenitud de la felicidad, de la trascendencia del hombre, de la realización de la propia vida.”

Los animamos, a que tomando como modelos a los santos Celia y Martín, por medio de su intercesión podamos poner bajo su protección a cada familia para que con la ayuda de la gracia de Dios podamos educar a los hijos en la fe, promoviendo así el amor y la vida en la sociedad que tanto lo necesita.



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