Necesitamos Convertirnos
Jesús fue a la región de Galilea y anunciaba la Buena Nueva de Dios: “Se ha cumplido el tiempo. El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15).
P. Ricardo E. Facci
El otro día leía el testimonio de los personajes de la novela de Dostoievski. Los hermanos Karamasov: “Aliocha, en estos últimos tiempos he descubierto en mí un hombre nuevo que ha resucitado en mi alma. Este hombre lo he llevado siempre oculto en el fondo de mí mismo, pero jamás hubiera tenido conciencia de él si Dios no me hubiera enviado esta prueba. La vida es misteriosa y espantosa. Pero, ¡qué importa que tenga que manejar el pico aquí abajo, en la mina de Liberia, durante veinte años! Esto ya no me aterra. Tengo otro temor, que esa ahora mi único temor: temo que el hombre que ha resucitado en mí me abandone”.
En muchas oportunidades a lo largo de mi vida, me he encontrado con esposos que después de una experiencia de conversión, de liberación, temen volver al hombre que fueron, les da miedo la posibilidad de que los abandone el hombre que ha resucitado en ellos. En una palabra, temen volver a ser los mediocres que fueron.
La Iglesia y la sociedad están plagadas de hombres mediocres. Hombres necesitados de que surja el hombre nuevo que todos llevamos dentro. El hombre mediocre, egoísta, es una persona disminuida espiritual y psíquicamente.
Necesitamos convertirnos, dejar de ser mediocres. Convertirnos no es hacer algunas reformitas a nuestras vidas. No es comenzar a dominar el mal carácter, ni rezar un rato más por la mañana, ni hacer algún acto de caridad más. Tal vez estos sean frutos de una gran conversión, pero no son la conversión.
La conversión es algo más profundo y transformante. Es enamorarse. Recuerden cuando ustedes se enamoraron, comprometieron toda su vida, llegaron a no entender la vida sin el otro. Algo similar ocurre en la conversión. Llegar a enamorarse de tal modo de Cristo, que nos compromete toda la vida, y ya no se la entiende sin él.
Convertirse es cambiar de meta, no solo de camino. Es enamorarse de nuevo. Es cambiar la pasión dominante de la vida, el sentido de la existencia. Algunos dicen: “mi vida es la política”, “mi vida es el trabajo”, “mi vida es tal actividad”; para Pablo después de la conversión es: “mi vivir es Cristo”. A esto debemos apuntar todos. La autoestafa es la mediocridad en la fe, nos ha llevado a colocar nuestra relación con Cristo después de muchas otras cosas. En muchos casos somos personas, matrimonios, que aparentamos ser más o buenos: “buena gente”, cumplimos con ciertas obligaciones sociales y religiosas, pero que al mirar el interior, a la luz del evangelio, nos encontramos que es una ruina total, que está podrido de egoísmo.
Producen “piel de gallina” las palabras del Señor a las Iglesias en el Apocalipsis. A la de Sardes, por ejemplo: “El que posee los siete espíritus de Dios y las siete estrellas, afirma: Conozco tus obras: aparentemente vives, pero en realidad estás muerto… porque veo que tu conducta no es perfecta a los ojos de Dios” (Apoc 3, 1ss). Frente a tal afirmación, cómo alguien no se va a preguntar: ¿Acaso, no seré yo este muerto que vive nominalmente? La respuesta dependerá de si se es o no mediocre.
El drama de la Iglesia no pasa por los ataques que vienen de afuera, por persecuciones explícitas o sutiles, por los ateos o los agnósticos, sino que pasa por la gran masa de cristianos que de esto tiene poco, esa cantidad de gente mediocre, satisfecha, que simplemente cumple obligaciones y punto. Después, ¡que los dejen en paz! Jesús nos dijo, “ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz para el mundo…” (cfr. Mt 5, 13-14). Miremos la tierra, observemos este mundo a oscuras, contemplemos esta sociedad corrompida: ¿de quién es la culpa? ¿No será de los cristianos que simplemente lo son por rutina, por inercia?
Este mundo no es para mediocres, ni para cobardes que tienen miedo de vivir el evangelio. Este mundo es para valientes, para santos. No piensen en los otros, cada uno piense en sí mismo. Que cada familia sea una antorcha que ayude a los demás familias a reorientar su camino hacia Cristo.
Para dialogar en pareja
1- ¿Hemos descubierto nuestro hombre nuevo interior?
2- Si en nuestra vida hubo alguna experiencia fuerte de conversión: ¿sigue en primera línea el hombre nuevo, o hemos vuelto al hombre viejo?
3- ¿Somos cristianos que seguimos a Cristo de verdad, o nos hemos dejado atrapar por el aburguesamiento, la rutina, la mediocridad, el no te metas, la dejadez?
4- ¿Estamos dispuestos a que nuestra familia sea una antorcha que ilumine a los demás y los guíe hacia Cristo? ¿Cómo empezaríamos a concretarlo?
Para orar juntos
Señor Jesús, te pedimos como familia, que produzcas en nosotros una auténtica conversión.
¡Deseamos convertirnos! Queremos gritarle al mundo, que nuestro vivir, eres tú Señor.
Ayúdanos, a no ser mediocres, cristianos anquilosados, que ni salamos ni alumbramos a este mundo.
Nuestra vida quiere estar inscripta en la lista de los valientes, de los santos… estamos seguros que tu gracia no nos falta.
Te ofrecemos, Señor, nuestro hogar, para que lo transformes en nuevo, y así, desde nuestro testimonio, muchas familias te encuentren a ti. Amén.















