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Los hijos: proyección de los padres

P. Ricardo Facci

Generalmente los padres ven en los hijos su proyección. Es por eso, que a veces, se desea en ellos lo que no se logró en uno mismo, o se trasladan a ellos los propios objetivos. Es que en la cadena de la vida, el eslabón de los hijos, aunque distinto de los demás, es la prolongación del eslabón anterior.

Recorrereremos a continuación diversos puntos en la relación paternidad-filiación, temas básicos para un diálogo profundo sobre esta realidad tan importante para los padres, que son los hijos.

Los hijos son frutos del amor conyugal

El matrimonio, naturalmente, es fuente de vida. Es la unión más profunda del varón y de la mujer, ya que conlleva creación y fecundidad. El matrimonio es el fundamento de la familia, su misma base. La familia es una comunidad que surge del mismo matrimonio. Por eso podemos decir, que los hijos constituyen la corona propia de aquel. Son su don más precioso. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentra su coronación (cfr. Familiaris Consortio Nº 14).

Cuando nace un niño todos están de fiesta. Un clima de alegría inunda la familia. La casa se llena de visitas. Ocurrió que el amor de los esposos ha tomado cuerpo y se ha hecho persona. Los esposos, además de darse entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, que es:

reflejo viviente de su amor

signo permanente de la unidad conyugal

síntesis viva e inseparable del padre y de la madre (FC 14).

Reflejo viviente de su amor. El hijo es una vida que refleja el amor de sus padres. Por esto, cuando en el proceso educativo del hijo, éste no descubre el amor entre los padres, pierde el sentido de reflejo, y comienza a experimentarse como un ser en soledad. De ahí la causa de muchas rebeldías, de transitar caminos sin rumbos o de no tener modelos para imitar. En cambio, cuando ven crecer el amor que los engendró, se identifican con él, y por sobre todo, son testigos de ese amor.

Signo permanente de la unidad conyugal. Cada ser humano que llega a este mundo grita fuerte la unidad de sus padres. El hijo es signo, muy concreto, de la unidad de este varón y esta mujer, esposos, que uniéndose en el amor lo engendraron. Por esto, cuando alguien se da vuelta y mira hacia sus progenitores, sin descubrir en ellos la unidad, porque no se unieron en amor estable, o porque destruyeron un compromiso de por vida, se encuentra como descolocado, desubicado de cara a la vida. Experimentará la necesidad de asumirse de otro modo. Corriendo el riesgo de quedar marcado con un trauma irresoluto, que pone seriamente en peligro el proyecto, trazado sobre él, de ser feliz.

Síntesis viva e inseparable del padre y de la madre. Cuando se rompe un matrimonio, todo puede separarse: uno se lleva la cama, el otro el ropero; uno la cocina, el otro la heladera; venden la casa y reparten el dinero; pero a la hora de los hijos, "¿qué es lo tuyo, qué es lo mío?". El hijo es una síntesis indestructible del padre y de la madre. Además, qué interesante para ese hijo, si en la tarea de crecimiento y educación, puede ir perfeccionado esa síntesis desde las virtudes de papá y mamá. Cuando su vida debe sintetizar los vicios y defectos de sus progenitores, ¿qué síntesis logrará?

Ahora bien, al decir que los hijos son fruto del amor conyugal, debemos inmediatamente subrayar algo importante. La esterilidad física no frustra la paternidad, no deja sin frutos el amor conyugal, sino que da a los esposos la ocasión para que sus frutos se aprovechen en otros servicios (adopción, obras educativas, ayuda a otras familias, pobres, minusválidos, etc.).

Un matrimonio sin hijos está llamado a que el amor no quede infecundo, muchos lo necesitan… ¡Jamás caer en el peligro de encerrarse en sí mismo! La fecundidad la lograrán en el darse a los demás desinteresadamente. ¡Cuántos están faltos de cariño, de formación y, sobre todo, de Dios!

La fecundidad del amor esponsal no se reduce a la sola procreación de los hijos, es el testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos, se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo. Es el fruto y el signo del amor conyugal.

 









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