Los padres como colaboradores de Dios
P. Ricardo Facci
Dios, en la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana: “y los bendijo Dios y les dijo: sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla” (Gn 1,28).
Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre.
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos: “El cultivo del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de el deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente su propia familia” (FC 28).
Es realmente una maravilla colaborar con la excelsa obra de crear nuevos hombres. Y pensar que hay matrimonios que renuncian a tan gran honor.
Al casarse, los esposos, prometen fidelidad el uno al otro y, por tanto, fidelidad a Dios que es la fuente del amor y el autor del matrimonio. Prometieron hacer suyo el plan maravilloso que Dios tiene sobre la vida, sobre el amor. Dios confía a los esposos lo más grande que ha salido de sus manos: la vida humana. ¡Cuánta responsabilidad! Creadores de vida. Lo más sagrado. Lo más digno. Nada creado se puede comparar con el valor de la vida humana. Una sola vida vale mucho más que todo el resto de la creación.
Como Dios ama infinitamente la vida, quiso protegerla mediante un cauce y una garantía concreta: el matrimonio. El amor que une a los esposos conduce a la procreación. Los esposos son como el nido de la vida humana.
Además, Dios puede tener hijos gracias a la generosidad de los padres. Esto los convierte en concretos colaboradores de Dios en el don de la vida. Los padres, de este modo, son custodios de los hijos, de la vida. Los deposita en manos de los padres hasta que ellos puedan por sí mismo caminar por la vida, esto es cuando puedan utilizar plenamente la facultad de la opción, de la libertad. Esto multiplica la responsabilidad. Porque, por ejemplo, si alguien es dueño de un campo, puede hacer con él lo que desee. Puede sembrarlo, o utilizarlo para la cría de animales… en cambio, el mayordomo del campo no puede hacer lo que quiera, sino cumplir la voluntad del dueño. Antes de cada opción debe tener claro lo que el dueño quiere.
Algo así ocurre con los padres en relación a los hijos. No pueden actuar en la tarea educativa según sus antojos. En algunas oportunidades he escuchado: “Mis hijos van a ser como yo diga y listo”. ¡Pobres hijos! Ya esa expresión deja mucho que desear. Los padres deben estar atentos a lo que Dios quiere de sus hijos. ¿Por dónde encaminarlos? ¿Qué virtudes hay que sembrar en sus voluntades? ¿Qué verdades transmitirles? ¿Cómo orientarlos vocacionalmente? Los padres deben educar en función de los valores del Dueño de la vida y no de los caprichos personales.
La autoridad de los padres en relación con los hijos
P. Ricardo Facci
Al confiar Dios a los padres la vida y la educación del hijo los ha dotado de autoridad para tal fin. Por lo tanto profundizaremos el sentido que tiene la autoridad.
Evidentemente que los hijos son fuente de innumerables alegrías. Pero también son causa de permanentes preocupaciones. A medida que crecen, crecen los problemas que ellos plantean. Problemas de desarrollo, de carácter, de integración, de capacidad, de salud, económicos. Cuando pequeños, en general, los problemas son pequeños… cuando crecen, los problemas son más graves. Cuando son pequeños preocupa un dolor de oídos, un resfrío, u otra enfermedad… cuando empiezan a caminar se los cuida para que no se caigan, no se tiren algo caliente encima, no crucen la calle, no pongan un dedo en el enchufe… Comienza la etapa escolar, hay que ocuparse de su integración, de su respuesta intelectual y voluntaria, de sus nuevas amistades, y va creciendo, al mismo tiempo que aumentan, las preocupaciones. Se comienza a temer por el uso de su libertad, los padres se cuestionan si le han entregado lo suficiente para que sepa elegir por sí mismo.
Comienza el natural tire y afloje, entre los padres y los hijos. Estos ansiosos por ir estrenando el don de la libertad, aquellos colocando límites, porque aún “son muy chicos” y pueden seguir caminos equivocados. Llegan momentos difíciles para los padres, quienes frente a diversas situaciones o circunstancias del hijo, se preguntan: ¿qué hacemos? ¿Mandamos u obligamos? ¿O les tenemos paciencia? ¿Castigamos y ‘mano dura’? ¿O somos comprensivos? ¿Qué hacemos?”.
Se plantea el problema de la autoridad.
¿Qué es tener autoridad? Si buscamos en el diccionario, encontraremos que autoridad es tener poder sobre una persona. Pero, ¿qué tipo de poder?
Si realizamos una encuesta sobre qué es autoridad, o qué tipo de poder da, la mayoría responderá que es poder para “mandar”. Esta respuesta surgirá de la propia experiencia del hogar, del trabajo, de la política, del gobierno, etc. Es esta misma concepción la que hace que exista, especialmente en las generaciones jóvenes, un rechazo a la autoridad, porque ella aparece como una limitación y amenaza para la libertad.
Sin embargo, los cristianos gozamos en un Dios que tiene poder infinito y porque ese poder puede utilizarlo para ayudarnos y salvarnos. Cristo, que tiene el poder del Padre, se presenta como el Buen Pastor, mostrando un poder para amar, dar vida y servir a los suyos.
¿Dónde está la clave? Analicemos el vocablo AUTORIDAD. Viene del latín “auctoritas” que significa garantía, prestigio, influencia. Deriva de “auctor” (autor), es el que da valor, responsable, modelo, maestro; que a su vez se relaciona con el verbo “augeo”, acrecentar, desarrollar, robustecer, dar vigor, hacer prosperar. Entonces, autoridad viene de autor y autor es el que tiene poder para hacer crecer.
Por lo tanto, los padres son verdadera autoridad para sus hijos no en la medida en que los “mandan”, sino en la medida en que son autores, por haberles dado la vida y, luego, porque los ayudan a crecer, física, moral y espiritualmente. La autoridad está en ayudar a los hijos a desarrollarse como personas, enseñándoles a hacer uso de la libertad, capacitándolos para tomar decisiones por sí mismos y mostrándoles por cuáles valores hay que optar en la vida.
La autoridad debe estar al servicio de la libertad, para apoyarla, estimularla y protegerla a lo largo se su proceso de maduración. Apoyar y estimular implica la madurez de los padres que descubren que el hijo es persona, por lo tanto distinto de los padres y que, en la medida de que ejerzan su libertad, irán tejiendo su propia realización personal. Protegerla en el proceso de maduración, significa que el hijo aún no está capacitado para caminar solo por la vida.















