P. Ricardo Facci
Generalmente los padres ven en los hijos su proyección. Es por eso, que a veces, se desea en ellos lo que no se logró en uno mismo, o se trasladan a ellos los propios objetivos. Es que en la cadena de la vida, el eslabón de los hijos, aunque distinto de los demás, es la prolongación del eslabón anterior.
Recorrereremos a continuación diversos puntos en la relación paternidad-filiación, temas básicos para un diálogo profundo sobre esta realidad tan importante para los padres, que son los hijos.
Los hijos son frutos del amor conyugal
El matrimonio, naturalmente, es fuente de vida. Es la unión más profunda del varón y de la mujer, ya que conlleva creación y fecundidad. El matrimonio es el fundamento de la familia, su misma base. La familia es una comunidad que surge del mismo matrimonio. Por eso podemos decir, que los hijos constituyen la corona propia de aquel. Son su don más precioso. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentra su coronación (cfr. Familiaris Consortio Nº 14).
Cuando nace un niño todos están de fiesta. Un clima de alegría inunda la familia. La casa se llena de visitas. Ocurrió que el amor de los esposos ha tomado cuerpo y se ha hecho persona. Los esposos, además de darse entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, que es:
reflejo viviente de su amor
signo permanente de la unidad conyugal
síntesis viva e inseparable del padre y de la madre (FC 14).
Reflejo viviente de su amor. El hijo es una vida que refleja el amor de sus padres. Por esto, cuando en el proceso educativo del hijo, éste no descubre el amor entre los padres, pierde el sentido de reflejo, y comienza a experimentarse como un ser en soledad. De ahí la causa de muchas rebeldías, de transitar caminos sin rumbos o de no tener modelos para imitar. En cambio, cuando ven crecer el amor que los engendró, se identifican con él, y por sobre todo, son testigos de ese amor.
Signo permanente de la unidad conyugal. Cada ser humano que llega a este mundo grita fuerte la unidad de sus padres. El hijo es signo, muy concreto, de la unidad de este varón y esta mujer, esposos, que uniéndose en el amor lo engendraron. Por esto, cuando alguien se da vuelta y mira hacia sus progenitores, sin descubrir en ellos la unidad, porque no se unieron en amor estable, o porque destruyeron un compromiso de por vida, se encuentra como descolocado, desubicado de cara a la vida. Experimentará la necesidad de asumirse de otro modo. Corriendo el riesgo de quedar marcado con un trauma irresoluto, que pone seriamente en peligro el proyecto, trazado sobre él, de ser feliz.
Síntesis viva e inseparable del padre y de la madre. Cuando se rompe un matrimonio, todo puede separarse: uno se lleva la cama, el otro el ropero; uno la cocina, el otro la heladera; venden la casa y reparten el dinero; pero a la hora de los hijos, "¿qué es lo tuyo, qué es lo mío?". El hijo es una síntesis indestructible del padre y de la madre. Además, qué interesante para ese hijo, si en la tarea de crecimiento y educación, puede ir perfeccionado esa síntesis desde las virtudes de papá y mamá. Cuando su vida debe sintetizar los vicios y defectos de sus progenitores, ¿qué síntesis logrará?
Ahora bien, al decir que los hijos son fruto del amor conyugal, debemos inmediatamente subrayar algo importante. La esterilidad física no frustra la paternidad, no deja sin frutos el amor conyugal, sino que da a los esposos la ocasión para que sus frutos se aprovechen en otros servicios (adopción, obras educativas, ayuda a otras familias, pobres, minusválidos, etc.).
Un matrimonio sin hijos está llamado a que el amor no quede infecundo, muchos lo necesitan… ¡Jamás caer en el peligro de encerrarse en sí mismo! La fecundidad la lograrán en el darse a los demás desinteresadamente. ¡Cuántos están faltos de cariño, de formación y, sobre todo, de Dios!
La fecundidad del amor esponsal no se reduce a la sola procreación de los hijos, es el testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos, se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo. Es el fruto y el signo del amor conyugal.
P. Ricardo Facci
En muchas oportunidades en que me ha tocado dar conferencias sobre familia, suelo iniciar con una pregunta: ¿qué es más importante, querer al esposo-esposa o a los hijos? La respuesta generalizada es, "los hijos". Lo mismo suele ocurrir frente a un caso de separación: "porque mi esposo(a)… ¡ah! no, pero mis hijos… voy a dar todo por ellos…" existe una tendencia a marcar como más importante el amor por los hijos que por el cónyuge.
Aclaremos algo. La pregunta está mal hecha. Porque no pueden existir comparaciones entre cosas diferentes. No puedo preguntar si querés comer pollo o helado. Porque puedo comer pollo y después el helado de postre. Salvando la diferencia del ejemplo, aquí ocurre lo mismo. El amor entre los esposos y el amor de padres a hijos son ambos importantes y necesarios. Pero si tenemos que subrayar una primacía, evidentemente que tendremos que re-marcar el amor conyugal por sobre el amor paternal.
Esto es, porque el amor de la pareja es la base del amor de padres. Quien quiera amar a sus hijos debe irremediablemente, amar a su esposa o a su esposo, que es la madre o e padre de los hijos. El primer deber como padres es amarse mucho como esposos.
Un varón y una mujer, sin amarse, pueden biológicamente engendrar un hijo, pero solamente un esposo y una esposa que se quieran, que se amen y traten de alimentar y cultivar ese amor, serán capaces de formar y educar a ese hijo que engendraron.
Lo hijos no necesitan dos padres, todos los tienen (excepto quien los ha perdido por fallecimiento). Todos fuimos engendrados por un padre y una madre. Por lo tanto esto no es una necesidad. Lo que los hijos necesitan y reclaman, son dos padres que se amen. En la medida en que los padres busquen afirmar el crecimiento en el amor y la unidad matrimonial, será el bien generado en los hijos.
Todo lo que une al matrimonio redunda en bien de los hijos, y todo lo que desune, destruye o debilita la unidad de los padres y atenta contra los hijos.
Por esto es necesario darle tiempo a la pareja matrimonial, buscar el momento para estar los dos solos, para dialogar, acrecentar el amor, planificar la tarea educativa de los hijos. Los esposos que están todo el tiempo con los hijos, no son buenos padres. Es necesario que los padres se den su propio tiempo por el bien de los hijos. Ese momento para los dos, no es igual para todo matrimonio, ni es el mismo para siempre. Cada matrimonio debe buscarlo, fundamentalmente en relación a la edad y problemática de los hijos. Cuando aún son pequeños, es muy bueno sembrar en ellos el hábito de ir al descanso nocturno a una hora determinada y temprano, cuando todavía papá y mamá tienen reservas de energías para compartir. Conozco el matrimonio de Carolina y Andrés: a las veintiuna, sus cuatro niños ya han cenado, y están listos para el descanso, en el dormitorio junto a papá y mamá realizan la oración de la noche, y hasta mañana… A Carolina y a Andrés les queda un hermoso espacio de tiempo para ellos dos, hasta las veintitrés. Otros eligen el tiempo de la merienda. A esa hora sus hijos adolescentes no están en casa, por lo tanto es un buen momento para compartir como pareja. Roxana y Chiche encontraron otro momento. Antes él se levantaba por las mañanas, se aseaba, desayunaba y se iba al trabajo, ella se quedaba durmiendo… Ahora se levantan juntos, y hacen del desayuno un momento profundo de diálogo. Generalmente lo inician con la lectura de la Palabra de Dios del día. Claro, hay un sacrificio de parte de ella, pero les ha dado muchos frutos. Tengo otro ejemplo. Tal vez parezca exagerado, pero se hizo realidad en un matrimonio que descubrió que el amor de los dos era muy importante y que además los hijos lo necesitaban sólido y resplandeciente. Ella trabajaba como docente. Él, además del trabajo, se inclinó por el gremio con el fin de colaborar en la lucha por la mejora del empleado y del obrero. Cuatro hijos de una gran variedad de edades. El amor se desgastaba. Esto influía en la relación con los hijos. Pero después de buscar el momento durante mucho tiempo, descubrieron lo importante… y eso importante merecía sacrificios… desde hace más de cinco años, el despertador suena a las cuatro de la madrugada… ése es el tiempo para ellos.
Los hijos necesitan que los padres se den un tiempo. Es muy dañino centrar toda la atención en los hijos olvidándose que son esposos. Hay esposas que al dar a luz modifican de tal suerte su relación de pareja, que parecen enfrascarse en el hijo olvidando que son esposas.
Entonces padres enloquecidos tras la furia del tener; otros frente a la motivación del consumismo suman horas a su trabajo o tienen dos empleos, porque los bajos salarios no permiten vivir a tono; en muchísimos casos cada día más –la mujer que también deja el hogar; por un lado por la necesidad que surge de una sociedad injusta, y por otro, porque esa misma sociedad la ha catalogado como “mano de obra barata”, motivándola así a que posponga su casamiento, a que le diga “no” al comunicar la vida, o que deje en manos de otros a sus hijos. Pero también existen otras motivaciones: “no puedo dejar mi trabajo porque tengo un sueldo muy bueno”, “mi profesión me impide dedicarle más tiempo al nene”, “si dejo de trabajar, no podremos cambiar el departamento”, “ya arreglé con mi esposo que voy a seguir trabajando hasta que podamos cambiar el auto”, “no tengo problemas, mamá me cuida los chicos y, de paso, es una compañía para ella”, “menos mal que tengo este empleo, porque la casa no me gusta”. ¡Papá, mamá, cuidado, tienen en sus manos una gran responsabilidad: los hijos! ¿Qué esperan? Que un día el hijo ya grande le diga: “¿saben una cosa? Hace quince años viví una infancia… hace siete una adolescencia… ustedes no se enteraron porque cada día decían que tenían la agenda llena… de cosas importantes”.
Volvemos. ¿Qué es lo mejor para el hijo? Es de desear que todos los padres puedan brindarles vestido, alimento, estudio. Pero también es necesario levantar la puntería en los ideales. Es imprescindible que los padres le entreguen al hijo el valor y el sentido de su vida. Esto sólo lo lograrán en la medida en que le entreguen a Dios en la tarea. Sin Dios no tiene sentido la vida. Solamente desde Dios se podrá responder al hijo la pregunta: “¿para qué vivo?” “Papá, mamá, ¿para qué engendraron mi vida?” Para esto podrían encontrar un sustituto si los padres no se lo dieron. Pero, ¿qué mejor que papá y mamá para entregar a Dios y con él el sentido de la vida?
Subrayemos ahora un punto que se suma a estos de “lo mejor para el hijo”, que, si los padres no lo entregan, nadie podrá reemplazarlo. Todo hijo quiere el mejor papá y la mejor mamá. Para poder responder como mejores padres, es fundamental ser mejores esposos. Excelentes esposos para excelentes padres. Esposos que se esfuerzan por la unidad, la armonía, el diálogo, la comprensión, el amor. Si han sido excelentes padres, un hijo jamás reclamará si un día fue escasa la comida, o no pudieron comprarle tal ropa. Si no fueron excelentes padres, seguramente algo les reprocharán.
Las parejas matrimoniales que descuidan el trabajo por la unidad esponsal, que no se esfuerzan por ser excelentes padres y consideran a los hijos una “necesidad compensadora”, sin jamás asumir que un día partirán usando la libertad, estarán labrando un triste otoño para sus vidas… tal vez, el casamiento del último hijo, sea trágico. Los espera la soledad. Cuando podrían llegar a decirse, ¡qué hermoso al fin de nuevos solos! (los hijos nunca fueron molestia), se encuentran con que no les ha quedado nada en común, son dos extraños en plena soledad. Él en el café, en el club, en la plaza con los otros jubilados… ella con la vecina, la novela, metiéndose en la vida de los hijos o de la nuera, tratando de paliar el vacío de soledad.
Cuando el amor conyugal es fundamento del amor paternal queda todo garantizado. Un buen amor paternal, y también, un amor matrimonial que seguirá brillando cuando los hijos remonten vuelo.
P. Ricardo Facci
Introducción
1. Hay un elemento fundamental a tener en cuenta en el inicio de este tema: la razón de ser del cristiano, pasa por ser Testigo de Cristo Resucitado. Esto hace comprender la misión del cristiano.
2. La vida de cada uno de nosotros, de cada hogar nuevo, es una vida de testigo, como un grito en un mundo que parece indiferente e impermeable. Cada hogar nuevo es huella del Dios Amor. Por lo tanto, debemos responder a un mandato misionero muy concreto.
El mandato Misionero
3. El mandato misionero es preciso, concreto. Jesús ha sido muy claro en este sentido:
-"Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén... y hasta los confines de la tierra" (Hech 1,8 ).
-"Ustedes son testigos de estas cosas" (Lc 24,46-48).
-"Vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles ha guardar todo lo que yo les he enseñado. Sepan que estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20).
-"Como el Padre me envió, también yo los envío... Reciban el Espíritu Santo" (Jn 20,21-22).
-En Pentecostés se dio aquella experiencia en que: "Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar... A este Jesús, Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos" (Hech 2,4.32; cfr. 10,39-41).
4. El mandato misionero es universal. No en el sentido de los enviados, sino hacia donde se nos envía. Porque es un mandato que solo puede entender quien haya experimentado fuertemente un encuentro con el Señor.
5. Es necesario ser testigo. En definitiva, ésto es dar testimonio. Judas no lo pudo entender. Pedro sí. Lo negó tres veces, hizo muchas cosas mal que implicó que el Señor lo reprendiera varias veces (cfr. Jn 21,22). Pedro se encontró con Jesús, descubrió la esencia de Él, y lo confesó (cfr. Mc 8,29). Fue testigo de la obra del Señor, de su misericordia.
6. El testigo no es el perfecto, sino aquel, que en el encuentro con Cristo, experimenta su amor y misericordia, se enamora fuertemente de Él, inicia el camino tras Jesús, y pide la fuerza necesaria porque no quiere abandonarlo jamás, aunque en todo ese camino sólo pueda balbucear "Señor, ten piedad".
7. Por esto, debemos afirmar, que el impulso misionero, como respuesta al mandato del Señor, depende exclusivamente del encuentro y unión vital con Él.
8. Pertenecer a la Obra Hogares Nuevos, no es como pertenecer a un club, o a una cooperadora escolar, o a un ámbito en el que se puede brindar un servicio: si no se encontró a Jesucristo no habrá respuesta.
9. Nuestro encuentro nos hace experimentar la sabiduría de un Dios amor que convierte y transforma nuestro pecado de crucificar a Cristo, en la gracia de resucitar con Él. Como testigos de esta resurrección llamamos a un encuentro personal con Él, buscando despertar la actitud del publicano o la del hijo pródigo. Testigos de un encuentro, que invitan a un encuentro.
10. Desde que Cristo ha resucitado y vive entre nosotros, está tras la oveja perdida. Desde la óptica de que la Iglesia es su esposa (nosotros), cada uno de los hombres es como un anillo de bodas, que cuando está extraviado, lo busca. Nuestra misión pasa por el anuncio de la resurrección, anuncio a cuatro vientos, de que Cristo ha venido a buscar lo que estaba perdido (cfr. Lc 5,31-32). Lo hemos experimentado cada uno de nosotros y queremos que otros tengan, también, esta experiencia.
11. Cristo resucitado presente en nuestras vidas, en la vida matrimonial y familiar, es "alguien" que es protagonista de nuestro ámbito. Cuando se le anuncia a un hermano esta realidad, no es para que la sepa, sino para que pueda responder "sí" o "no".
12. Anunciar a Cristo resucitado es provocar un cambio, en el corazón del otro, hacia el precepto del amor.
13. La experiencia de 2.000 años, y la nuestra propia, nos dice que lo hemos crucificado: atropellándolo en el hermano, atrofiándolo en nosotros mismos, dejándolo en segundo plano ante una sociedad de "consumo", y Cristo ha actuado de un modo muy diferente, al estilo del esposo fiel, que buscando el anillo de bodas, llama otra vez a la puerta para un encuentro definitivo, para realizar una alianza indisoluble.
14. Cristo resucitado trae en sus manos el Espíritu Santo, que ayudará a un proceso de cambio para transformarse en Él. Todos los testigos del resucitado, para convertirse en tales, pasaron primero por este proceso de conversión: María Magdalena, Pedro, Pablo, Agustín, Francisco, Teresa. Así debe ocurrir con nosotros.
15. Por esto el testigo es un hombre experimentado: ha descubierto que Cristo resucitado es el protagonista, en cada uno, en la marcha hacia el Padre.
2000 años de Maratón Evangelizadora
16. San Pablo ilumina la tarea evangelizadora: "Les recuerdo, hermanos, el evangelio que les prediqué... en el cual permanecen firmes, por lo que serán también salvos... Les transmití lo que a su vez recibí." (Hech 15, 1-3)
17. "Les transmití lo que a su vez recibí". El mensaje de Cristo no lo inventa cada uno a su gusto. El testimonio sobre Cristo resucitado es una cadena de testigos desde Pedro hasta hoy. Es una cadena de comunión apostólica que garantiza nuestra fe.
18. Es una verdadera carrera de posta (relevo). No se testifica aislado, como un franco tirador. Somos testigos porque hay otros testigos que nos precedieron, otros que nos acompañan y otros que nos seguirán.
19. Animadores y sacerdotes nos anunciaron la Buena Nueva sobre el matrimonio y la familia. Descubrimos que no estamos solos, otros testigos del paso de Dios entre nosotros nos acompañan en la vida comunitaria; y otros nos seguirán, si descubren claramente en nuestras vidas, la misión encomendada por Jesús.
20. Nos seguirán, no en la medida en que cumplamos una serie de normas morales, ni rituales, sino que el testimonio sobre Cristo se fundamente en la fuerza del amor, de la caridad. "En el amor conocerán que son mis discípulos", dijo Jesús (cfr. Jn 13,35).
21. Estamos seguros de que Dios nos ama, porque vemos que ama a todos, porque pasa entre nosotros haciendo maravillas en el anuncio de ese amor a los otros.
22. La garantía de nuestro mensaje es porque llega a nosotros por la misma línea apostólica. Transmitimos la Buena Nueva, que desde hace 2000 años viene pasando de posta en posta, de relevo en relevo.
23. Quienes no valoren, cambien o destruyan lo de sus antecesores, edifican sobre vacío. La humildad y el compromiso de San Pablo son muy claros. "Les transmití lo que a su vez recibí", no inventa nada, no busca ventajas temporales, aprecio de los hombres, instalarse. Responde con una disponibilidad generosa.
24. Hay muchos que podrían ser, hoy en día, grandes apóstoles, pero están atrofiados en el ámbito de la generosidad. No se puede dar testimonio de Cristo cuando se vive pendiente de escalar o de figurar. La humillación de Cristo (conjugación de humildad y generosidad) se predica con el testimonio.
25. Como Pablo, confiemos en encontrar otros testigos que recojan la posta para entregársela a muchos hombres y familias, hasta llegar con la Buena Nueva sobre el matrimonio y la familia "al confín de la tierra". La misión evangelizadora, nos compromete plenamente, pero sólo responderemos, si como familias cristianas, descubrimos el tesoro que se nos entregó y que debemos compartir.
Nuestra Misión
26. Me ha dado mucha alegría los estudios y reflexiones que han realizado en las diversas comunidades sobre este tema. Existe una búsqueda de conciencia de la misión ha realizar.
27. Lo que debemos hacer, es descubrir la misión, que como miembros de la Obra debemos concretar. La misión ya está muy clara. Hay que descubrirla y realizarla. Es importante que la aterricemos en nuestras vidas, familias y comunidades. La misión no es otra cosa que la búsqueda de alcanzar los fines que el Señor inspiró a nuestra Obra.
28. En los Estatutos estos fines se tienen muy claros (Art. 5-9/105-107). Esto pasa por el compromiso de proclamar la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, como decimos siempre: "hasta la esquina o hasta el confín de la tierra". Un anuncio que debe ser dado con alegría, con generosidad, para que los matrimonios y las familias vuelvan, por sobre todas las cosas, a remontarse alto, vuelvan a Jesucristo (cfr. F.C. 86).
29. Como recuerda el objetivo fundamental del Movimiento: "motivar, ayudar y acompañar a las familias cristianas a vivir la gracia propia de su estado, para que así procuren, llegar un día, a la santidad matrimonial y familiar" (Art. 105). Es momento de profundizar esto, hacerlo carne, vida, y por sobre todo, compromiso en cada uno.
30. Cuando hace poco tuve la oportunidad de visitar en Asís, la capilla de San Damián, al recordar que Francisco allí tuvo la visión en la que se lo invitaba a reconstruir la Iglesia, experimenté en mi interior la sensación concreta de que uno está llamado a reconstruir las células de la Iglesia: las familias, las Iglesias domésticas, para que sean felices. Esta es nuestra gran misión.
31. La misión que el Movimiento ha asumido, de reconstruir cada célula de la Iglesia, cada miembro debe hacerla propia. Hay que concretarla a través de los medios y caminos que la Obra nos ofrece, y al mismo tiempo, según nuestra creatividad podamos realizar, en nuestros ámbitos, en bien de este don tan preciado que es cada familia. La tarea es muy exigente, es "hasta la esquina" y es "hasta el confín de la tierra".
32. "Hasta la esquina". Algunos en su misión van caminando hacia el confín, pero siembran en cada esquina. La esquina es tu esquina. La esquina es tu comunidad. Hay quienes con corazón egoísta y mente estrecha, creen que la misión del misionero debe centrarse en sembrar, cultivar, cuidar la planta, regar. Si Jesús hubiese tenido esta mentalidad aún estaría en Nazaret. Si Pablo hubiese tenido esta visión, aún estaría en Jerusalén. Todo lo contrario, caminaba, creaba comunidades y dejaba un anciano al frente. Luego las acompañaba con cartas. Llegó a decir: "yo planté y Apolo regó" (cfr. 1Cor 3,6). El misionero que camina, siembra y responsabiliza. Si tu comunidad no responde, no cuestiones a quienes viven lejos, ni a los otros, pregúntate por tu misión y tu responsabilidad.
33. "Hasta el confín de la tierra". No sólo debemos cultivar la propia esquinita. Estamos llamados a llevar la Buena Nueva a tanto otros lugares, que están hambrientos de alguien que les ilumine su vida matrimonial y familiar. Muchos de ustedes lo han experimentado, sea porque generosamente se encaminaron a ser instrumentos del Señor en otras tierras, sea porque recibieron gratuitamente lo que otros un día fueron a llevar.
34. No podemos dejar de dar gracias a Dios, por tantos que generosamente siempre estuvieron dispuestos a tomar la posta y buscar quien la continúe hasta llegar un día al confín de la tierra. Pero, al mismo tiempo, Dios espera mucho más. Esto lo sabemos bien, y también, conocemos el hecho de que podemos dar más.
35. Hay hermanos nuestros que dan mucho en nuestra y en otras Obras. Es bueno ver y contagiarse. En cada mañana de domingo del Encuentro para Encuentros, yo les comento algunos testimonios en este sentido. Uno de ellos, es de nuestros hermanos del Camino Neocatecumenal.
36. En Roma, días pasados, pude ver a cien familias que fueron hasta el Papa y le dijeron: "aquí estamos, donde la Iglesia nos necesite". No eran cien sacerdotes o religiosas, eran cien familias, en las cuales la exigencia es mucho mayor.
37. ¿Cuándo una familia de Hogares Nuevos me dirá: Padre lo dejo todo, para anunciar la Buena Nueva del matrimonio y la familia, para acompañar donde están naciendo comunidades, para ser puntales en otras latitudes, donde sea necesario, o en el Centro Nacional de cada país o en la misma Sede Central?
38. Podría compartirles tantos testimonios de familias de Hogares Nuevos, en los que sus hogares han llegado a ser nuevos. Todos somos testigos del paso de Dios entre nosotros. Cuántas veces hemos escuchado, "nuestra familia es nueva, somos felices, en casa ha cambiado mucho". Fuimos testigos del cambio de realidades humanas muy difíciles como de quienes han dejado el vicio del alcohol. Los niños nos dijeron: "mis papás cambiaron", "en casa se reza". Guardo todas las cartas que recibo, he superado las veinte carpetas, porque en cada una hay un tesoro. Es importante descubrir los frutos que se han dado en nuestros hogares y tantos otros, los tesoros que están en nuestras familias, y no dejar jamás de compartirlos, ya que podrían ser muchos más los beneficiados si nosotros somos verdaderamente generosos.
La Acción Laical
39. Para descubrir la profundidad y la amplitud de la misión, es necesario un laicado maduro. Dice el Concilio en el decreto sobre la actividad misionera: "La Iglesia no está verdaderamente formada, no vive plenamente, no es señal perfecta de Cristo entre los hombres, en tanto no exista y trabaje... un laicado propiamente dicho... Porque el Evangelio no puede penetrar profundamente en las conciencias, en las vidas, en los trabajos, (en las familias) sin la presencia activa del laicado... hay que atender por sobre todo a la constitución de un maduro laicado cristiano" (Ad gents divinitus 21). Dice más adelante: "La obligación principal de los laicos, hombres y mujeres, es el testimonio de Cristo, que deben dar con la vida y con la palabra en la familia" (ib).
40. Cada Asamblea que hemos realizado, ha marcado profundamente la vida y la espiritualidad de la Obra. Deseo que estas Asambleas ayuden al laicado a entender, comprender y asumir la misión que cada uno tiene en Hogares Nuevos. Especialmente que cada matrimonio, como señal de madurez, pueda descubrir la misión que Dios le ha confiado a la Obra, que no es otra cosa, que lo que espera de cada uno de los miembros de ella. La Iglesia debe formar un laicado maduro, con una espiritualidad sólida y fuerte. Pero, por sobre todo, lo deben entender cada uno de ustedes, para que lo busquen y lo exijan.
Conclusión
41. Descubrir la misión con madurez, implica que nada debemos hacer para que Hogares Nuevos sea grande, como un fin en sí mismo, sino la motivación debe pasar por descubrir que muchas familias necesitan a Cristo y que Cristo desea encontrarse con ellas. Nosotros somos meros instrumentos. Hogares Nuevos es el medio.
P. Ricardo Facci
Dios, en la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana: “y los bendijo Dios y les dijo: sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla” (Gn 1,28).
Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre.
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos: “El cultivo del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de el deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente su propia familia” (FC 28).
Es realmente una maravilla colaborar con la excelsa obra de crear nuevos hombres. Y pensar que hay matrimonios que renuncian a tan gran honor.
Al casarse, los esposos, prometen fidelidad el uno al otro y, por tanto, fidelidad a Dios que es la fuente del amor y el autor del matrimonio. Prometieron hacer suyo el plan maravilloso que Dios tiene sobre la vida, sobre el amor. Dios confía a los esposos lo más grande que ha salido de sus manos: la vida humana. ¡Cuánta responsabilidad! Creadores de vida. Lo más sagrado. Lo más digno. Nada creado se puede comparar con el valor de la vida humana. Una sola vida vale mucho más que todo el resto de la creación.
Como Dios ama infinitamente la vida, quiso protegerla mediante un cauce y una garantía concreta: el matrimonio. El amor que une a los esposos conduce a la procreación. Los esposos son como el nido de la vida humana.
Además, Dios puede tener hijos gracias a la generosidad de los padres. Esto los convierte en concretos colaboradores de Dios en el don de la vida. Los padres, de este modo, son custodios de los hijos, de la vida. Los deposita en manos de los padres hasta que ellos puedan por sí mismo caminar por la vida, esto es cuando puedan utilizar plenamente la facultad de la opción, de la libertad. Esto multiplica la responsabilidad. Porque, por ejemplo, si alguien es dueño de un campo, puede hacer con él lo que desee. Puede sembrarlo, o utilizarlo para la cría de animales… en cambio, el mayordomo del campo no puede hacer lo que quiera, sino cumplir la voluntad del dueño. Antes de cada opción debe tener claro lo que el dueño quiere.
Algo así ocurre con los padres en relación a los hijos. No pueden actuar en la tarea educativa según sus antojos. En algunas oportunidades he escuchado: “Mis hijos van a ser como yo diga y listo”. ¡Pobres hijos! Ya esa expresión deja mucho que desear. Los padres deben estar atentos a lo que Dios quiere de sus hijos. ¿Por dónde encaminarlos? ¿Qué virtudes hay que sembrar en sus voluntades? ¿Qué verdades transmitirles? ¿Cómo orientarlos vocacionalmente? Los padres deben educar en función de los valores del Dueño de la vida y no de los caprichos personales.
La autoridad de los padres en relación con los hijos
P. Ricardo Facci
Al confiar Dios a los padres la vida y la educación del hijo los ha dotado de autoridad para tal fin. Por lo tanto profundizaremos el sentido que tiene la autoridad.
Evidentemente que los hijos son fuente de innumerables alegrías. Pero también son causa de permanentes preocupaciones. A medida que crecen, crecen los problemas que ellos plantean. Problemas de desarrollo, de carácter, de integración, de capacidad, de salud, económicos. Cuando pequeños, en general, los problemas son pequeños… cuando crecen, los problemas son más graves. Cuando son pequeños preocupa un dolor de oídos, un resfrío, u otra enfermedad… cuando empiezan a caminar se los cuida para que no se caigan, no se tiren algo caliente encima, no crucen la calle, no pongan un dedo en el enchufe… Comienza la etapa escolar, hay que ocuparse de su integración, de su respuesta intelectual y voluntaria, de sus nuevas amistades, y va creciendo, al mismo tiempo que aumentan, las preocupaciones. Se comienza a temer por el uso de su libertad, los padres se cuestionan si le han entregado lo suficiente para que sepa elegir por sí mismo.
Comienza el natural tire y afloje, entre los padres y los hijos. Estos ansiosos por ir estrenando el don de la libertad, aquellos colocando límites, porque aún “son muy chicos” y pueden seguir caminos equivocados. Llegan momentos difíciles para los padres, quienes frente a diversas situaciones o circunstancias del hijo, se preguntan: ¿qué hacemos? ¿Mandamos u obligamos? ¿O les tenemos paciencia? ¿Castigamos y ‘mano dura’? ¿O somos comprensivos? ¿Qué hacemos?”.
Se plantea el problema de la autoridad.
¿Qué es tener autoridad? Si buscamos en el diccionario, encontraremos que autoridad es tener poder sobre una persona. Pero, ¿qué tipo de poder?
Si realizamos una encuesta sobre qué es autoridad, o qué tipo de poder da, la mayoría responderá que es poder para “mandar”. Esta respuesta surgirá de la propia experiencia del hogar, del trabajo, de la política, del gobierno, etc. Es esta misma concepción la que hace que exista, especialmente en las generaciones jóvenes, un rechazo a la autoridad, porque ella aparece como una limitación y amenaza para la libertad.
Sin embargo, los cristianos gozamos en un Dios que tiene poder infinito y porque ese poder puede utilizarlo para ayudarnos y salvarnos. Cristo, que tiene el poder del Padre, se presenta como el Buen Pastor, mostrando un poder para amar, dar vida y servir a los suyos.
¿Dónde está la clave? Analicemos el vocablo AUTORIDAD. Viene del latín “auctoritas” que significa garantía, prestigio, influencia. Deriva de “auctor” (autor), es el que da valor, responsable, modelo, maestro; que a su vez se relaciona con el verbo “augeo”, acrecentar, desarrollar, robustecer, dar vigor, hacer prosperar. Entonces, autoridad viene de autor y autor es el que tiene poder para hacer crecer.
Por lo tanto, los padres son verdadera autoridad para sus hijos no en la medida en que los “mandan”, sino en la medida en que son autores, por haberles dado la vida y, luego, porque los ayudan a crecer, física, moral y espiritualmente. La autoridad está en ayudar a los hijos a desarrollarse como personas, enseñándoles a hacer uso de la libertad, capacitándolos para tomar decisiones por sí mismos y mostrándoles por cuáles valores hay que optar en la vida.
La autoridad debe estar al servicio de la libertad, para apoyarla, estimularla y protegerla a lo largo se su proceso de maduración. Apoyar y estimular implica la madurez de los padres que descubren que el hijo es persona, por lo tanto distinto de los padres y que, en la medida de que ejerzan su libertad, irán tejiendo su propia realización personal. Protegerla en el proceso de maduración, significa que el hijo aún no está capacitado para caminar solo por la vida.
P. Ricardo Facci
Una tarea educativa que aspira a buenos resultados, implica la mutua complementación entre la paternidad y la maternidad. Es importante tener claro, ¿qué es complementación?
Muchos creen que complementarse entre el padre y la madre es simplemente no contradecirse ante el hijo. Es evidente que esto es importante, pero la complementación es mucho más profunda. Es necesario complementar aquello que por sí mismo no alcanza en el logro de los objetivos. Cuando se realiza el complemento necesario es cuando se alcanza lo íntegro y perfecto. Sin el complemento de papá y mamá es imposible anhelar una educación íntegra y perfecta.
Yo pregunto: ¿cuándo el comercio logra vender más regalos, el día del padre o de la madre? ¿Cuándo la gente viaja más, uno u otro día? ¿Cuál de esos días recibe más visitas el cementerio? Si recorremos las plazas de nuestros pueblos y ciudades: ¿qué encontramos en todas ellas? El monumento a la madre. ¿Y el padre?
Son signos simples, pero que sirven como indicadores de una cultura que tiene acentuada la acción educativa y relacional de la madre respecto del hijo. En muchísimos hogares se ha acentuado la diferencia de roles entre el padre y la madre, delegándose a ésta la tarea educativa. ¡Basta de madres “solteras” o “viudas” con esposos!
El complemento educativo entre los padres es algo serio y ambicioso. Lo primero, es que ambos, a través de un diálogo profundo y comprometido, planifiquen la educación de los hijos, conociendo claramente, lo que desean lograr en ellos. Cuando los padres dialogan sobre la tarea educativa, esté quien esté de los dos frente al hijo, es como si estuvieran ambos. Además se suele objetar el tema de la complementación con el hecho de que la madre dedica más tiempo al hijo, y esto no es cierto. Porque no interesa tanto la cantidad de tiempo que cada uno brinda a sus hijos, sino la intensidad educativa con que se aproveche ese tiempo.
Gracias al complemento de los padres los hijos pueden lograr más fácilmente su equilibrio psicológico y su definición sexual.
¿Habrá que lograr un decreto que obligue a colocar al padre junto al monumento de la madre? Evidentemente sabemos que la cosa no pasa por allí. Es de desear que cada hijo lleve parejo en su corazón a papá y mamá porque ambos lo educaron y lo amaron. El riesgo que veo, es que un día ya no estén más los monumentos a la madre, sino que se rindan honores a los jardines maternales, de infantes, a la “chica” que los cuida, a la tía, o a la abuela, porque hay indicios de que hasta la madre está claudicando en la tarea, noble y grande, de educar.
P. Ricardo Facci
Es fundamental la oración por los hijos. Esto significa dialogar con el Dueño de los hijos, tratando de descubrir lo que él quiere de ellos. Además, orar por los hijos implica orar por los padres de esos hijos, o sea por sí mismos. La tarea de ser padres es, tal vez, una de las más importantes de la tierra, al menos la única irremplazable.
Quien quiera ser ingeniero tendrá que estudiar dieciocho años, además, una vez contratad para una obra, supongamos un puente sobre un río, tendrá que seguir estudiando: el ancho del río, la sedimentación del suelo, la erosión del agua, los materiales que utilizará, el peso que soportará, las temperaturas que influirán en la dilatación de los materiales, etc. ¿Y para ser papá y mamá, cuánto tiempo hay que estudiar? Ahora bien, el puente puede quedar perfecto. Pero también puede llegar a derrumbarse. En este caso aparecerá el tema en el centro de las noticias de un día, como catástrofe. Simplemente un puente se derrumbó, se volverá a tomar la balsa como se hizo siempre, hasta que pueda construirse nuevamente el puente. ¿Y si los padres se equivocan en la educación de sus hijos? ¿Qué balsa se vuelve a tomar? ¿A través del error educativo no se estará destruyendo una vida para siempre? ¿Esto aparecerá como catástrofe en la primera plana de los diarios algún día? No. Más aún, todos los días niños y jóvenes son enviados a la vida, sin un potencial educativo que les permita realizarse. Muchos hombres son verdaderas catástrofes. ¿Cuándo descubriremos que esto ocurre porque los padres no estuvieron o fallaron?
Ser padres es mucho más importante que ser ingeniero, economista, político, periodista, o cualquier otra profesión. Por esto es tan necesario orar por los hijos, orando por la responsabilidad de ser padres, pidiéndole a Dios, dueño de la vida:
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ser un mejor padre-madre;
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sabiduría para ser buen educador;
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capacidad para entender y escuchar a los hijos;
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valor para pedirles perdón;
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paciencia para no alterarse ante sus fallas;
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entendimiento para saber que el bien de los hijos está por encima del propio bien de los padres;
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justicia para que nunca se los castigue saciando el propio enojo;
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bondad para ser compañero y amigo de los hijos;
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luz para ser guía en el camino hacia él.
Los Desafíos de la familia de hoy
P. Ricardo E. Facci
Introducción
La situación de la familia de hoy y sus desafíos no se la puede describir de modo simple y sencillo con cuatro palabras. Es compleja. Tampoco se puede recargar las tintas en los aspectos negativos que sufre la familia.
Antes que nada, hay que afirmar que aunque la situación de la familia muestra profundos deterioros, y tal vez deba enfrentarse con una nueva serie de desafíos, debemos decir, que la gran mayoría de familias, o un porcentaje importante, responden a su vocación en esta institución que Dios diseñó. Hacen realidad aquí y ahora el principio. Porque si le plantearíamos a Jesús, los errores y horrores, de la familia en la actualidad, Él nos contestaría: “al principio no fue así” (Mt 19, 8).
La familia nace del Proyecto de Dios. El Papa Juan Pablo II, en Familiaris Consortio, nos dice: “Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser. Dios inscribe en la humanidad del hombre y la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano” (11). Uno de los modos de realización de ese amor es el matrimonio. ¡Familia sé lo que eres!
Por otro lado, observamos una creciente fragilidad en la familia, y no están ausentes problemas, tensiones y dificultades que suelen llevar a la destrucción (separación-divorcio) de la familia. En América Latina, lamentablemente es alta la proporción de quienes viven en uniones de hecho (ejemplo: amancebado, juntado y arrimado).
Hoy en día se observa que los jóvenes se acercan al matrimonio cada vez más grandes de edad y además, es necesaria una mayor preparación para evitar el fracaso, dado que la familia está amenazada y se la valora y defiende menos en la sociedad actual.
Algo positivo es la exigencia a una mayor comunicación de los esposos, una mejor dinámica dialogal entre los padres y los hijos, y una igualdad fundamental reconocida en la dignidad de ambos esposos. No cabe la menor duda de que, en general, se valora más a la mujer, aunque el “machismo” sigue demasiado arraigado en algunos ámbitos de Latinoamérica.
No podemos dejar de señalar un factor negativo, diría más, es uno de los mayores problemas, el cual proviene del trabajo (entiéndase el obligado –mano de obra barata- y no el derecho a sentirse parte constructora de la sociedad) de la mujer fuera del hogar, lo que reduce el tiempo de convivencia, de diálogo, de tiempo ofrecido a la dedicación y educación de los hijos, fenómeno que amenaza de modo creciente a los diversos países de Latinoamérica. Debemos señalar también, como algo negativo, que aparece un cierto temor a la maternidad y a la paternidad, cambiando la tendencia demográfica. Hecho que ha dañado la vieja Europa.
No dejemos de señalar el fenómeno de la migración que aísla la familia, la separa de su cultura, genera distancia con la familia grande. En las mismas ciudades la distancia afecta a las familias, dificulta sus relaciones.
La Familia nace del designio de Dios
La Familia surge en la misma creación de Dios. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios está llamado a vivir en comunidad de amor. Dios es la plenitud de un amor infinito; un amor que es vida, que crea la comunidad-amor. Dios es un amor que desborda, por lo tanto, es la fuente inagotable, profunda, transformadora del amor y de la vida. Desde la resurrección de Jesucristo la plenitud de la vida y del amor es nuestro horizonte. Participar del misterio de vida y amor de Dios es nuestra esperanza.
A la luz de esta gran verdad podemos decir que la familia es mucho más que la célula básica de la sociedad que, en este caso, responde a los vínculos de sangre de nuestra naturaleza; la familia es mucho más que el resultado de un contrato jurídico; la familia es mucho más que un resultado de la cultura, atada a los tiempos y los cambios que ofrece la historia de la humanidad.
Nuestras familias son el modo más acabado de nuestra identidad, que nace del designio de Dios que nos ha creado a imagen y semejanza.
La familia vista desde la creación es el reflejo de la comunión de amor que es Dios mismo.
La familia vista desde la redención refleja la comunión de vida y amor que funda Jesús en relación con su Iglesia, como un sacramento de la nueva humanidad, nacida de la ofrenda del amor que es la cruz.
La familia vista desde la trascendencia del ser humano es como un sacramento, es decir, un signo concreto de la comunidad eterna, plena y feliz que constituye nuestra esperanza y más real de nuestro fin último. Es el ámbito de realización de la verdadera humanidad, comunión de vida y amor en la que habita el Dios amor, el Cristo vivo.
Quiso Dios, que en el centro de la creación surja la comunidad de amor y vida: un varón y una mujer llamados a ser un solo ser; llamados a ser fecundos; abiertos a una comunión en Dios, quien los capacita para ser fuente de amor y vida.
Pero sabemos bien que la familia está sometida a múltiples amenazas y debe afrontar grandes dificultades para poder responder a la misión que implica su vocación.
Hoy en día hay quienes consideran a la familia como algo perimido, que ya fue.
En los ámbitos sociales y políticos existen proyectos que enfrentan a la familia con el riesgo de la disolución. Los ámbitos de la economía, la educación y la sociedad están generando exclusión, individualismo y desintegración.
A través de la invasión que generan los Medios de Comunicación Social se han generado situaciones adversas y límites profundos en el mismo seno familiar: la incapacidad para el amor y el sacrificio, el miedo al sufrimiento, impidiendo la apertura y la entrega al otro, la inestabilidad afectivo-emocional que impide la fidelidad en el ámbito matrimonial. Pero, a pesar de todo esto, y de mucho más que podríamos describir, estamos dando nuestras capacidades, nuestro tiempo, la vida por la familia, esperanza de nuestro continente y del mundo entero.
Uniendo el designio de Dios sobre la familia, y la realidad amenazante sobre ella, descubrimos una serie de desafíos que la familia vive en la actualidad.
Los desafíos de la familia en la actualidad
1-En un mundo individualista se incapacita para amar.
El matrimonio y la familia es un precioso ámbito para reconocer y valorar el amor que proviene de Dios, que se hace amor tierno y esponsal. En el matrimonio el amor, cuando es verdadero, no se desgasta. Todo lo contrario.
Cada día que pasa ha de representar un crecimiento en el amor, jamás un enfriamiento del mismo. Cuando es auténtico el amor matrimonial el tiempo lo ahonda y fortalece, no lo desgasta. El amor que nace delante del Señor –en el altar- y que los esposos cultivan no está sujeto al desgaste como la energía o el tiempo. Al contrario. El amor se renueva y crece en los esposos que son cuidadosos de lo que los unió para siempre. La entrega recíproca de los esposos no depende sólo del vigor juvenil, o de un cuerpo esbelto ni de un esfuerzo de conservación física en la salud o en la estética. El vigor, la lozanía del amor, proviene de la autenticidad de éste, de su cultivo, de la generosidad de los esposos, por sobre todo, viene de Dios.
Permítanme una comparación. El vino mejor es el añejo. El mejor whisky es el añejado. El mejor tequila es el reposado. La mejor yerba es la estacionada. En las bodas de Caná (cfr Jn 2, 1-11), el vino mejor no se sirve al comienzo, sino que el Señor lo reservó para más tarde. En la dinámica de la vida, el matrimonio más sabroso es el añejado. ¡Qué hermoso contemplar dos ancianos esposos que se aman entrañablemente y no pueden vivir el uno sin el otro! Todos los días el amor de ustedes renueva este milagro de la conversión de la entrega de los esposos en un amor sólido y fuerte según la voluntad de Dios.
El verdadero amor no responde a sentimentalismos baratos, ni es igual a placer sexual. El placer sexual identificado con el amor o el construir relaciones en base a sentimentalismos conduce inexorablemente al fracaso y a la destrucción. Por supuesto, el amor contiene en sí una serie de sentimientos que lo generaron en los inicios, que contribuyen al sostenimiento de hoy, que hace soñar el futuro. El amor se expresa en el placer sexual, pero jamás puede identificarse con él.
Cuando se habla de amor se debe decir que Dios es amor, se puede hablar del amor del sacerdote, del consagrado, del amor entre padres e hijos, del amor de los novios, del amor de los esposos. En todos los casos hay un común denominador: el amor es darse, es entrega, es capaz de morir por el otro.
Hoy se llama amor a tener placer usando al otro, hoy se dice vamos a “hacer el amor”, ¡qué fácil se lo fabrica! Todos ustedes saben que el amor tiene muchas exigencias, no es “soplar y hacer botellas”, muchas veces cuesta lágrimas, sudores, siempre exige renuncias, no hay alternativas. Primero se lo realiza, cultiva, después se lo expresa.
Este espíritu y concepto del amor es el que hoy no se educa. Nos preocupa el hecho de que los jóvenes hoy no se enamoran, no se casan, si se casan no duran, es que están destruyendo la posibilidad del amor con la propuesta deformante del individualismo. El individualismo ha conducido a pensar en uno mismo, a “vivir la de uno”. Imposible para esta concepción pensar y realizar la oblación en el amor.
Este es un desafío concreto para la familia de hoy, lograr que triunfe el amor por sobre el individualismo.
2) La incapacidad del Amor no permite la madurez de la persona.
El individualismo destructor, al no permitir que aflore el amor en la persona, tampoco colabora con la posibilidad de que la persona madure. Imposible asumir compromisos para siempre.
Mientras la persona no salga de sí y asuma compromisos de responsabilidad en función de otras personas (llámese novia, esposa, esposo, hijos), no podrá lograr la madurez personal. Hoy en día vemos cómo muchos jóvenes de treinta años permanecen en casa con una dependencia del padre o de la madre. Algunos de estos jóvenes, hasta con hijos propios, viven esta realidad. Al no asumir las propias realidades se queda anclado en la inmadurez.
Las uniones de hecho, verdadera plaga en la actualidad, tampoco ayuda a la madurez. En la mayoría de los casos no existe un compromiso con el compañero/a de por vida, ni siquiera con respecto a los hijos, generando graves daños cuando la aventura de estos amoríos fracasa.
Fruto de la inmadurez, por la incapacidad de un amor verdadero, tiene espacio el flagelo que es una de las enfermedades sociales más destructiva de la actualidad: la separación y el divorcio (los que más sufren son los hijos, que tendrán como resultado –en general- una nueva posibilidad de inmadurez para sus vidas).
El caldo de cultivo es el llamado “amor libre”, una libertad sin responsabilidad que constituye la antítesis del amor y hace al hombre esclavo de los propios instintos y de las propias pasiones. Un accionar que motiva y promueve el no compromiso con el amor –no se casen-, ni con la vida –no tengan hijos-. Esta propuesta es fruto de un desarraigo cultural, de una anticivilización destructora, de una profunda crisis de la verdad, fruto de una crisis de conceptos. Domina la confusión que vacía y traiciona aquello que los conceptos significan por sí mismos, en este caso “amor”, “libertad”. El utilitarismo -emparentado con el individualismo- lleva a no respetar las personas, sino a utilizarlas como “cosas”; el “amor libre” esclaviza.
En lugar de la experiencia del amor hermoso las personas se hacen esclavas de su propia debilidad. Perdida la verdad del amor y la libertad, diríamos más, del hombre y del matrimonio, se crea un clima que favorece la esclavitud de los proyectos y programas que quieren dominar al hombre desde todas sus realidades. Proyectos culturales y políticos que pueden derivar en consecuencias nefastas para las personas y la sociedad. ¡A dónde iremos a parar! Esta sociedad ha renunciado a construir la civilización del amor para generar una civilización enferma que está produciendo graves alteraciones en el hombre y en la sociedad.
La madurez de las personas, integrantes del núcleo familiar es, evidentemente, un nuevo desafío para la familia de hoy. Especialmente en la formación de los hijos, los que deben saber claramente que la felicidad se construye de la mano del amor y no del egoísmo, del utilizar las personas, del odio, del placer. Formarlos en la capacidad de ser responsables de las personas que involucran en sus opciones: esposa/o, hijos.
3- La incapacidad de amar no genera la vida
Decíamos anteriormente que la propuesta es hacer uso del sexo pero sin compromiso con la vida. La vida es fruto del amor. En la persona de los primeros esposos, Dios deja un mandato para la humanidad, “crezcan y multiplíquense” (Gen). La propuesta individualista y materialista no quiere el amor, porque el amor genera la vida.
Han programado un mundo de pocos y ricos. Los pobres molestan. La familia es el ámbito seguro en el cual llegan los niños, fuera de ella llegan sólo por accidente no por opción.
Sin familia no hay vida. En la familia no sólo tenemos la oportunidad de que lleguen niños, sino que crecerán sanos, psicológica y moralmente. Los hijos son el centro de la vida familiar. Generar vida es parte esencial del matrimonio. “Los hijos son el regalo más hermoso, y contribuyen grandemente al bien de los padres mismos” (GS 50). Cada niño que llega a este mundo exige que se le reconozcan sus derechos, por sobre todo, el derecho a vivir, a nacer y crecer en un hogar, a tener no sólo dos padres (todos los tenemos) sino dos padres que se quieran.
La sociedad actual presiona a los gobiernos, a las democracias, a los congresos y parlamentos, a que generen leyes destructoras de la vida. Las nuevas generaciones están siendo atacadas y conducidas hacia el ‘no a la vida’.
En la defensa y promoción de la cultura de la vida se puede medir la salud misma de la democracia, cuyo auténtico sentido puede ser minado por un oscurecimiento de la conciencia de los pueblos. “El valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como considerar el ‘bien común’ como fin y criterio regulador de la vida política” (EV 71).
“Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover” (EV 71).
Las nuevas generaciones están criándose con un espíritu anticoncepcionista, discutiendo si hay que aceptar el aborto o no, en medio de una sociedad que todo lo relativiza. Parecería que sólo son cuestiones de opinión. La vida humana es vida humana siempre. Nuestros jóvenes están creciendo en medio de una cultura que desprecia la vida: anticoncepción, aborto, violencia, secuestros, muertes violentas, guerras.
Me parece muy bien que se quiera hacer justicia con respecto a los desaparecidos de los años ’70. Pero, ¿quién pide justicia con los niños de los años ’70, ’80, ’90, los de ayer, que desaparecieron en cloacas de nuestras ciudades? Más aún, se corre el riesgo de que pronto la ley diga que está bien matarlos y arrojarlos a cualquier basural. Los que defendemos la vida corremos el riesgo de ser tratados como desestabilizadores de los gobiernos, de la democracia.
Un verdadero desafío para la familia. Valorar la vida en su seno. Enfrentar un mundo que desprecia la vida con el único arma de valorarla. Que los hijos sepan que sus vidas valen, son fruto del amor. ¿Cómo sembrar en el corazón del hijo el valor de su propia vida si sus padres atrapados por una sociedad materialista viven con temor de traer otro niño? Tanto escuchar esto, el que ya llegó pensará, ‘llegué como una molestia’.
4- En un mundo individualista, egoísta y materialista, que ha producido la incapacidad de amar, se genera la dificultad para la transmisión de los valores a la nueva generación.
Una de las mayores preocupaciones de los padres es el cómo transmitir valores a sus hijos. En una sociedad que ha dejado fuera de competencia a los padres a nivel de los consejos, otros se apoderaron de la llave de la educación. Los consejos llegan con un gran despliegue de diagramación, a cuatro colores, o con músicas pegadizas que tienen la posibilidad de repetir mil veces lo mismo, que no aburren, ni cansan.
Vivimos en una sociedad programada para que cada vez más los hijos quieran hacer uso de la libertad lo antes posible. Esto es sinónimo de estar preparada para que cuanto antes las nuevas generaciones puedan equivocarse. Quieren que hagan uso de la libertad sin conocer las consecuencias de cada una de las opciones. Además, al haber perdido los adultos la autoridad, quedan los jóvenes sin parámetros, sin modelos, para apoyarse en las decisiones. (Ej. Un niño generalmente no se va a quemar con fuego, a no ser que surja un accidente, tropezar o recibir un empujón, pero si es un gran riesgo quemarse con agua o aceite hirviendo. No conoce las consecuencias que esto le generará. Un adolescente no conoce la relación de causa-efecto de muchas de sus opciones. No conoce cómo va a repercutir en él las opciones de la adolescencia. En el primer caso los padres cuidan de que el niño no esté cerca de la olla hirviendo, o que el mango de la sartén no quede hacia fuera de la cocina. En el segundo, algo similar, hay que velar y cuidar por la libertad de los hijos adolescentes, para que no quede empeñada de por vida por sus diferentes opciones)
Lo que los papás quieren transmitir a sus hijos son fundamentalmente tres cosas: el valor de sus vidas, virtudes y hábitos, Dios.
Es un desafío transmitir el verdadero valor de la vida a hijos que les toca vivir en un mundo en el que se desprecia la vida humana. Es alarmante la cantidad de jóvenes que tienen baja estima. (Esto lleva como consecuencia alcoholismo, drogadicción, sexo libre, homosexualidad, vagancia, vivir sin proyectos de futuro). La vida de un hijo vale más que el resto de la creación.
Formar en las virtudes y los hábitos. Ésta es una gran carencia de los jóvenes en la actualidad y un verdadero desafío de la familia. Sin virtudes y hábitos es muy difícil generar hombres y mujeres, cabalmente hablando, que puedan construir una nueva sociedad.
Dios. Es todo un desafío la transmisión de la fe, sin ella no tiene sentido la vida. La fe da una óptica desde Dios sobre el valor de la persona, las cosas, el mundo. Ilumina frente a las diversas opciones de la vida. Ver como con los ojos de Dios. Criterios de eternidad. ¿Qué haría Cristo en mi lugar?
El gran desafío de los padres: proteger a sus hijos. Son un verdadero tesoro, el más precioso que Dios les ha confiado. No tengan miedo de educarlos, guiarlos, acompañarlos, brindarles tiempo a ellos que son el tesoro, saber escucharlos con cariño y ternura. Hay papás que tienen miedo de educar, exigir, y esto empobrece a los hijos. Sobre todo, sean ejemplo, un modelo de vida para sus hijos. Hay padres que por no educar correctamente y no ser modelos para sus hijos empeñan e hipotecan la felicidad y realización de sus hijos. El tema es más delicado aún siendo que hay una gran confusión sobre los “modelos”. Los Medios de Comunicación Social difunden y hasta imponen modelos falsos. Ídolos vacíos, verdaderas caricaturas, vidas sin norte, marchitas, aunque aparezcan maquilladas y sonrientes.
Educar a los hijos, otro desafío de la familia.
5- Las familias con poder económico, muchas veces pierden los valores esenciales de la vida, entre ellos, la espiritualidad y la capacidad de amar, transformándose en individualistas, materialistas y hedonistas. Otras Familias, fruto de la lucha cotidiana para poner el pan sobre la mesa, se destruyen y desangran perdiendo la oportunidad de compartir en familia o lo que es más grave, caen en la evasión del vicio y la promiscuidad.
Las familias que viven un fuerte crecimiento económico corren el riesgo de perder la espiritualidad, cayendo en una serie de situaciones y opciones materialistas y consumistas. Se deja de lado a Dios.
Las familias que luchan por el pan diario, en muchas oportunidades sufren la injusticia, sobrecargas de horas, salarios de hambre, trabajo de ambos padres, escasas posibilidades de compartir en familia, poca instrucción, hijos sin acompañamiento...
En muchas oportunidades esto desemboca en la evasión del vicio o la promiscuidad, que genera una espiral de pobreza.
Todo un desafío luchar contra la causa de la pobreza en las familias.
Conclusión
Ante una familia amenazada el cristiano está invitado a ser profeta de esperanza. Las amenazas son desafíos a los que hemos de responder en la fe.
Frente al mundo sumergido en tinieblas que quiere llevar al mismo ámbito a las familias, la más pequeñas de las lucecitas de la Palabra de Dios se vuelve faro, lucero, horizonte de esperanza.
Cuando se nos conduce a apagar la vida, el más pequeño gesto de solidaridad y caridad, el más pequeño gesto de generosidad y entrega en la promoción y cuidado de la vida, se transforma en un gran aliento para que brille la vida.
El más pequeño gesto de humildad en contribuir a que todos descubramos al Padre de los cielos como Padre de todos, se transforma en la más grande piedra sobre la cual podremos construir una humanidad nueva.
El más simple gesto de amor en una familia aporta a construir la civilización del amor.
Queridos hermanos,
lo sabemos, sin familia no hay futuro,
lo sabemos, creer en la familia es construir el futuro,
lo sabemos, ‘el futuro de la humanidad se fragua en la familia’,
por esto, sabemos que hoy más que nunca la sociedad necesita familias sanas,
sabemos, que Dios no es una soledad sino una familia, cada familia es signo y reflejo de Dios en la tierra,
sabemos, cuidar a la familia es cuidar el rostro de Dios en nuestro mundo.
Queridos amigos:
Si ustedes eligieron el tema familia, por algo es que lo eligieron, seguramente porque aman mucho a sus familias.
Los invito a trabajar con mucho empeño en bien de este don tan precioso y necesario, que Dios nos regaló.
Raquel y Nelson Luciano
A lo largo de esta charla simplemente queremos compartir con ustedes algunas ideas y algunas experiencias ganadas a lo largo de nuestra vida conyugal y familiar.
Vale decir que el enfoque no estará dado tanto desde un punto de vista profesional o científico, sino desde un punto de vista más familiar y cotidiano, el de un papa y una mama como la mayoría de ustedes.
Para nosotros la comunicación y el dialogo entre padres e hijos es una parte, un punto, de algo mas grande que es la educación de los hijos.
Por eso vamos a comenzar dando algunas pautas generales que a nuestro entender son requisitos indispensables a tener en cuenta para la educación de los hijos y también para educar en el dialogo y la comunicación que es una parte de aquella.
La primera de estas pautas es que los hijos son, o deberían ser, la realidad más importante para los padres: los hijos son el gran tesoro. El privilegio mas extraordinario dado por dios al hombre y a la mujer es la capacidad de crear una nueva vida.
Los hijos son la prioridad numero uno después del amor conyugal, que es base y sostén del amor paternal. Por eso, ellos estarán antes que las relaciones sociales, antes que el trabajo, la profesión o lo que sea.
La segunda pauta es que como padres nunca debemos perder de vista que los hijos no son nuestros...., son de dios y están llamados al igual que nosotros a una vida eterna.
Dios nos ha hecho cooperadores suyos en el plan de salvación. Él nos ha “prestado” los hijos hasta que sepan caminar por su propia cuenta, hasta el día en que puedan hacer uso responsable de su libertad.
Pero hasta que ese momento llegue habrá que alimentarlos, guiarlos; educarlos y fundamentalmente amarlos, que es el otro requisito para educar bien a nuestros hijos.
Queda claro entonces que para educar a los hijos y poder establecer una buena comunicación con ellos, debemos considerarlos la primer prioridad en nuestra escala de valores, debemos considerarlos hijos de dios antes que hijos nuestros y por ultimo amarlos incondicionalmente.
Vamos a extendernos un poco en el último de estos tres puntos, amar a los hijos, porque creemos que merece una profundización.
Si hiciéramos una encuesta y les preguntáramos a ustedes si aman a sus hijos es seguro que todos responderían inmediatamente que si, que los quieren y los aman y nadie dudaría de ello.
Pero si afinamos la puntería y preguntáramos si quieren bien a sus hijos, si su amor de padres es profundo, incondicional y auténticamente desinteresado, seguramente habrá que pensar un poco más la respuesta y un tramo de esta charla estará orientada a ello: ¿queremos bien a nuestros hijos?
Lo primero que tenemos que tener en claro es que el amor a los hijos no es algo que se hace solo, al contrario hace falta pensar en ello. Es verdad que existe un instinto paternal y maternal que hace que uno se sienta ligado a los hijos, pero el verdadero amor es mucho más que un instinto.
Si queremos profundizar este sentimiento es bueno preguntarnos ¿por qué amamos a nuestros hijos?
Por el placer de mimarlos, de besarlos.
Por orgullo, o quizás por vanidad.
Queremos a un hijo porque es lindo, espabilado, bien educado, porque se parece al papa o a la mama. ¿Sabemos entonces amar también este otro hijo no tan brillante, mas reservado, que tiene defectos que nos ponen nerviosos.
Preguntémonos con valentía si queremos por igual a todos nuestros hijos o tenemos preferencias. Los hijos menos queridos sufren y a menudo se sienten disminuidos.
Hace un tiempo, un chico de ocho años me decía:
- sabes, mi papá no me quiere.
- Por que decís eso.
- Porque siempre que juego con mi hermanita, a mí me echa, me dice: salí, no molestes a lucia. Y yo no la molesto, solamente juego. A ella la lleva a tomar helado y a mi no.
Parece mentira pero no es tan fácil amar bien a los hijos. En general nuestro amor paternal o maternal debe ser purificado y profundizado porque amar significa dar, querer apasionadamente el bien de la persona amada, cueste lo que cueste.
Sigamos entonces poniendo la lupa a ese amor paternal y tratemos de ver ¿como se practica? ¿Cómo se manifiesta?
En primer lugar digamos que el amor de padres se practica estando en contacto personal y directo con cada uno de los hijos, atendiéndolos y escuchando con atención sus problemas, ideas, planteos.
Sabemos que tenemos que escuchar a los hijos, pero no siempre lo hacemos. A veces se nos acercan a contarnos algo y reaccionamos diciendo:
- Salí, ahora tengo que terminar de lavar o hacer la comida. O
- No me molestes, arreglate solo no ves que estoy ocupada.
Es mas, a veces ni siquiera le decimos nada, sino que con gestos le damos a entender que sus problemas, sus cuestiones, no son importantes para nosotros.
Si este tipo de respuestas es frecuente, es natural que se vayan alejando y no vuelvan a contarnos sus cosas: ¡pierden la confianza! El saber escuchar es el primer paso que los padres debemos practicar para ir ganando la confianza de los hijos y poder dialogar profundamente en cualquier edad.
El escuchar implica tiempo dedicado exclusivamente a ellos y mientras no se entienda así, se los atenderá si, pero a medias. Esto supone entonces que hay que “agendar” también a los hijos, porque hay que dedicarles el tiempo necesario a cada uno de ellos.
Por supuesto que atender a los hijos implica también darles comida, vestido y si es posible estudio. Muchos buenos padres “se matan” y entregan su vida por darles estas tres cosas a sus hijos. ¿O no?.
Miren, en cualquier hogar de niños tienen estas tres cosas. En un hogar de niños difícilmente falte comida, aunque por allí haya que compartir alguna carencia.
En un hogar de niños difícilmente se pase frío. En un hogar de niños hasta se pueden obtener estudios, incluso a nivel universitario; se consiguen becas, se consiguen cosas que de pronto vos a tu hijo que esta en casa, no se las podes conseguir.
Testimonio de marta.
El hijo reclama algo más. Lo que ellos reclaman son excelentes papas. No el papa 10 ni la mama 10, sino el 10 de cada uno para que cada papa y cada mama se brinden totalmente a sus hijos.
Porque si le diste de comer la comida mas rica, la mas nutritiva; si le diste la mejor ropa, la de marca, la que él quería y si le diste estudio; pero no le diste el mejor papa y la mejor mama, seguramente que alguna vez te lo van a reprochar, porque quedarán heridas que llevará toda la vida.
Yo recuerdo que cuando era chico, mi papa nunca hablaba conmigo, siempre estaba trabajando. Jamás me pregunto como iban mis cosas, por eso yo como papá traté y trato siempre de escuchar y dialogar con mis hijos, no quiero que también ellos vivan situaciones de soledad y de pobreza afectiva.
Por eso es bueno recapacitar sobre el tiempo que invertimos en los hijos. Es muy interesante que los padres tomemos conciencia del tiempo que verdaderamente les dedicamos a nuestros hijos.
.... Yo trabajo todo el día para que puedan comer bien, para que puedan estudiar... Ojo papá, ese no es tiempo para el hijo.
... Yo le cocino, le lavo la ropa, le plancho, limpio la casa para que este cómodo.... Ojo mamá, ese no es tiempo para el hijo.
Es tiempo para la ropa, para la limpieza, es tiempo para ganar dinero para los estudios.... Pero no es tiempo para el hijo.
No hace mucho nos leyeron una oración de un niño que decía algo así (como no la pude memorizar entera anote algunas frasecitas nomás):
Señor, te pido que mes transformes en un televisor aunque sea por un día.
Porque así mis papas me van a dar el tiempo que le dan al televisor.
Porque así mis padres me van a escuchar con la misma atención que le prestan al televisor.
porque así mis papas van a salir corriendo a atenderme una necesidad, como cuando salen corriendo para solucionar la rotura del televisor.
Papa y mama, el tiempo que le estamos dando al televisor, aunque estemos sentados al lado de nuestro hijo, ....no es tiempo para el hijo.
En esta toma de conciencia del tiempo que invertimos en los hijos, les dejamos una inquietud: cuando lleguen a casa, tomen papel y lápiz y escriban cada actividad que realizan durante el día y el tiempo que le dedican a cada una de ellas. Luego comparen con el tiempo que le dedican a cada hijo.
Hagan esta especie de tarea con sinceridad y teniendo en cuenta lo comentado antes. Esto puede ser muy útil para lograr reorganizarnos y estar más tiempo con ellos.
En el libro “el principito” de Saint Exupery, principito le decía a varias flores: “mi rosa es mas importante que todas ustedes, puesto que es ella la rosa que he regado, puesto que es ella la que puse bajo un globo para que este abrigada, puesto que es ella cuyas orugas mate. Puesto es ella a quien escuche quejarse, o alabarse o alunas veces callarse. Puesto que ella es mí rosa.... El tiempo que perdiste por tu rosa hace que ella sea importante”. Ojalá todos los padres podamos decir lo mismo de los hijos en relación con nuestras otras actividades.
Los hijos necesitan que se les dedique tiempo, y sobre todo tiempo de calidad. Necesitan que papa y mama inviertan tiempo en ellos, en su persona, no en sus cosas. Los hijos necesitan y reclaman la donación generosa de sus padres... Simplemente porque los padres son para los hijos y no lo contrario.
Otra manera de amar bien a los hijos es aceptarlos y respetarlos siempre como realmente son. Tanto en la niñez como en la adolescencia, aunque esto nos exija toda nuestra paciencia. Por ejemplo cuando vayamos dándoles gradualmente la oportunidad de hacer sus propias elecciones o cuando trate de decidir su propio futuro,
A veces los padres queremos vernos a nosotros mismos reflejados en nuestros hijos como si estuviésemos mirándonos al espejo. Esto es imposible. El hijo es un ser diferente al padre y a la madre y hay que aceptarlos como son, vuelvo a repetir, siempre.
Y hay que aceptarlos como son, porque no existe hoy el hijo que “desearía que fuese”. Hoy existe este hijo, ¡este!, con su modo de ser, de pensar, de actuar... Y si en algo deseo que cambie y puedo ayudarlo solo lo lograremos si sabemos amarlo como es ahora, porque el que deseo que sea aun no existe. Y ni sé si existirá.
Además si el niño o joven capta el rechazo, si permanentemente le recriminamos sus actitudes negativas, estaremos ayudando a que se cierre en si mismo, que guarde silencio y busque escapes en salidas, huidas de casa, alcohol, drogas...
Otra manera de practicar bien nuestro amor de padres es confiar y creer en ellos. Esta comprobado por la experiencia que la responsabilidad de una persona tiene mucha relación con la fe y la confianza que sus padres depositaron en el, especialmente durante la etapa del crecimiento.
Esta fe y confianza de los padres hacia los hijos se irán haciendo reciprocas y es la mejor manera de cultivar la fe y confianza de los hijos hacia los padres, que es base de toda comunicación. El verdadero dialogo no existe sin confianza.
En las relaciones entre padres e hijos, la fe y la confianza no se decretan, son fruto del trabajo y del esfuerzo.
En el aprecio cariñoso de los padres hacia los hijos están enraizados la sana autovaloración y su futuro comportamiento en la vida. Es muy importante que los hijos sientan a papa y mama como sostén de su caminar, que los vigilan y acompañan siempre. Esto les da seguridad.
No dan seguridad al hijo los padres que todo lo consienten. Al hijo que nunca se le dice “no”, al que nunca se le ponen limites, es un hijo que aparte de caprichoso, crece en una gran inseguridad.
El confiar en los hijos esta relacionado fuertemente con el compartir con ellos: cuando hay un dialogo abierto y generoso con ellos, cuando se comparten las necesidades, valores, tiempo, energías, sueños.
En esta tarea de compartir con los hijos es muy importante el juego. Jugar con ellos y disfrutarlos, sobretodo cuando son pequeños. Esto les hace bien a todos, el juego reúne y además a mamá y papá les hace mucho bien disfrutar a sus hijos y ellos se sentirán valorizados y muy tenidos en cuenta.
Otra cosa fundamental a la hora de demostrarles nuestro amor de padres es saber reconciliarse con ellos cuando sea necesario.
Es importante que en los padres se manifieste la humildad, la honradez, la sinceridad. Y un modo para que esto aparezca es pidiéndoles perdón.
Perdón cuando se los entendió mal, cuando se les contesto de mal modo, cuando se fue injusto. Este es el mejor modo de enseñarles a pedir perdón cuando son ellos los que fallan.
Hay que buscar siempre y en todas las edades sintonizar con los hijos. Que aparte de saber escucharlos, implica cuidarlos y guiarlos con ternura y también firmeza. Hay que cuidar mas a los hijos, hoy en día muchos padres claudican demasiado pronto.
La cosa aquí no pasa por si somos padres anticuados o modernistas. La cosa pasa por el futuro de nuestros hijos. Porque tus padres no te dejaban ir sola ni a la esquina no significa que ahora a tus hijos les dejes hacer lo que quieran.
Hasta aquí hemos caracterizado el amor de los padres. Comencemos a ver ahora lo que hay que enseñarles a los hijos en aras de una buena educación para la comunicación y el dialogo.
La primera lección es hacer que el niño se sienta amado. Sintiéndose amados se sienten seguros, saben que pueden confiar en nosotros y ellos mismos buscaran el dialogo.
Los psicólogos aseguran que a la edad de 5 o 6 años el carácter de una persona ya esta establecido. Entonces es absolutamente necesario que los padres brindemos constante cuidado y atención al niño desde los primeros días de vida y esto se consigue demostrándoles permanentemente nuestro amor.
La primera comunicación que se realiza entre padres e hijos se hace principalmente a través del tacto: acariciándolo desde que esta en la panza de mama, después abrazándolo, alzándolo.. Es así como el niño comienza a adaptarse y a entrar en contacto, en comunicación con una persona, en esta edad principalmente con sus papas.
Los padres debemos brindar al niño un acercamiento caluroso, comunicarle sentimientos de seguridad. Esto el niño lo aprende y sabe que puede contar con la atención, preocupación y cuidado de los padres cuando lo necesite.
Esta profunda relación con los padres en los primeros meses de vida y luego su relación con los hermanos será esencial para el desarrollo de su vida hacia una adultez feliz.
Este amor tan especial que pueden regalar los padres en los primeros años de vida de sus hijos marcan y dejan huellas imborrables. Alejandra nuestra hija mayor, a los 18 años un buen día me dijo: - papa, te animas a tenerme un ratito a upa como cuando era chiquita.
Sin embargo, si los padres y especialmente la madre con quien tienen mas contacto en esta edad, no pueden –tal vez por el trabajo- o no desean expresar afecto, si son fríos o se irritan con las necesidades que el niño exige a media noche, este absorberá todo.
La comunicación no verbal de esa irritación, el desagrado expresado en protestas e inclusive furia, quedan registrados para siempre.
De alguna manera el bebe siente que ha causado esas reacciones y no solamente esta registrando estos mensajes sino que también esta registrando sus respuestas emocionales de duda, ansiedad e inseguridad.
Queda en claro entonces que si los padres encuentran que no tienen tiempo, que están muy cansados o demasiados ocupados para atender al hijo y no le comunican sentimientos de amor, el niño se sentirá solo, inseguro e infeliz.
A medida que el niño crece, los padres necesitamos no solamente demostrarles nuestro amor con lo que hacemos, sino que también debemos comunicárselo a través de la palabra diciéndole por ejemplo: - te quiero – sos un nene hermoso – que bonito que estas – y tantas otras cosas lindas que brotan del corazón de los padres.
A los hijos siempre hay que comunicarles y decirles mensajes positivos para que experimenten el amor que sentimos por ellos.
a Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrá el nombre de Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros” (Mt. 1, 23).
P. Ricardo Facci
El don de la vida. Don por el cual, gracias a Dios vivimos y existimos. Don, también, que aprovechamos mucho para negárselo a otros. El egoísmo del hombre ha hecho que se apropie del don de la vida para sí, negándoselo a otros.
Los terroristas demográficos nos han hecho creer que en el mundo somos muchos. No dejé de denunciar en ningún momento esta trágica mentira, que hoy se confirma en países europeos promoviendo con premios económicos para que las familias tengan más hijos y favoreciendo la inmigración. La ecología también está presente en la vida del hombre, se necesitan niños y jóvenes, para que las nuevas generaciones sostengan a los mayores.
El problema no está planteado en cuántos hijos debe tener un matrimonio. Esta es una decisión de los padres. La cuestión es más de fondo. Subyace, en el aire enrarecido de este mundo, un desprecio concreto por la vida. Hoy, fácilmente, se condenan a multitudes al hambre, a la miseria, al analfabetismo; se motiva para que las vidas desemboquen en el alcoholismo, la drogadicción, el tabaquismo, el vicio sexual.
Hoy, también, se promueve el “amor libre”, un “amor” identificado con el placer, pero totalmente desvinculado del compromiso de amar de verdad, que es para siempre, y de la vida.
Hay tantos jóvenes conviviendo en pareja, sin formalidad alguna, y lo que es peor, avalados por sus padres.
Fuimos espectadores en estos últimos tiempos, de cientos de marchas de silencio pidiendo esclarecimiento ante determinados crímenes. Pero quién garantiza la inocencia de todos por quienes se hicieron marchas de silencio. De lo que estoy seguro es de la inocencia de cada niño que es engendrado, sin haberlo solicitado, y condenado al aborto por quienes nadie realiza marchas de silencio, ni publica en los medios de comunicación: “no se olviden de los niños indefensos e inocentes”, que cada día matan en los vientres maternos, ámbito cargado de contradicción.
El don de la vida. El problema no radica en que no se valora la vida del niño por nacer. Todo se inicia en la desvalorización de la propia vida, especialmente a través de un individualismo y egoísmo destructores. Si no se valora la vida de un niño por nacer, ¿qué significó el día que nos engendraron a nosotros? ¿Cómo puede valorar su vida un niño que escuche de sus padres que es un problema, un drama, una ridiculez, traerle un nuevo hermanito? ¿Cómo puede valorar la vida un hijo que frente a un nuevo embarazo de la mamá, contempla que los allegados a la familia, en lugar de felicitar a sus padres, tratan el tema en tono burlesco?
¿Cómo alguien puede valorar la vida frente a una campaña anticonceptiva que está indicando que cada nuevo niño es un peligro para la humanidad?
Cuántos que hubiesen sido lumbreras para el mundo, grandes científicos de la humanidad, sacerdotes y religiosas, excelentes padres de familia, fueron tirados en las cloacas de nuestras ciudades, como desperdicio humano. ¿A dónde vamos con la propuesta de este mundo? ¿No será posible encontrar seres pensantes, entre los habitantes de este planeta, que no se dejen llevar por sentimentalismos, por los medios de comunicación, y por la influencia de los que gobiernan este mundo, que lo han programado para ellos, como si fuesen eternos?
Hay quienes pueden poner como argumento las familias numerosas, que no son fruto de una madura acción, sino de la promiscuidad, el alcoholismo, el vicio. Esto es otro caso. A esto nadie lo avala, son tan irresponsables como las familias que pudiendo y debiendo tener más hijos no lo hacen. Más aún, el cuestionamiento no es para aquellos, sino para nosotros, ¿qué hacemos para mejorar estas situaciones? ¿Qué aportamos a las nuevas generaciones para que no vuelvan a repetir la historia del vicio?
Si valoramos la vida, vamos a descubrir en cada niño que llega a este mundo, un Emanuel, “Dios con nosotros”. ¿Acaso, en cada vida que se gesta, no interviene Dios? ¿En cada niño que llega a este mundo, Dios no tiene la oportunidad de que un nuevo hijo suyo, sea blanco, negro o amarillo, nazca en cuna de oro o en la paja de un pesebre?
Señor Jesús,
gracias por el don de la vida;
y por hacernos partícipes en comunicarla.
Gracias, Señor,
por los hijos maravillosos que nos regalaste,
gracias, porque cuando llegaron a casa,
todo fue una fiesta.
Te pedimos la gracia
de contagiar al mundo el valor por la vida,
que nuestra palabra y testimonio nos identifique
como una familia defensora del don de la vida.
Dueño de la vida,
despierta a tantos que, dormidos,
aún no descubrieron lo que vale su vida
y la de los demás. Amén.
Jesús fue a la región de Galilea y anunciaba la Buena Nueva de Dios: “Se ha cumplido el tiempo. El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15).
P. Ricardo E. Facci
El otro día leía el testimonio de los personajes de la novela de Dostoievski. Los hermanos Karamasov: “Aliocha, en estos últimos tiempos he descubierto en mí un hombre nuevo que ha resucitado en mi alma. Este hombre lo he llevado siempre oculto en el fondo de mí mismo, pero jamás hubiera tenido conciencia de él si Dios no me hubiera enviado esta prueba. La vida es misteriosa y espantosa. Pero, ¡qué importa que tenga que manejar el pico aquí abajo, en la mina de Liberia, durante veinte años! Esto ya no me aterra. Tengo otro temor, que esa ahora mi único temor: temo que el hombre que ha resucitado en mí me abandone”.
En muchas oportunidades a lo largo de mi vida, me he encontrado con esposos que después de una experiencia de conversión, de liberación, temen volver al hombre que fueron, les da miedo la posibilidad de que los abandone el hombre que ha resucitado en ellos. En una palabra, temen volver a ser los mediocres que fueron.
La Iglesia y la sociedad están plagadas de hombres mediocres. Hombres necesitados de que surja el hombre nuevo que todos llevamos dentro. El hombre mediocre, egoísta, es una persona disminuida espiritual y psíquicamente.
Necesitamos convertirnos, dejar de ser mediocres. Convertirnos no es hacer algunas reformitas a nuestras vidas. No es comenzar a dominar el mal carácter, ni rezar un rato más por la mañana, ni hacer algún acto de caridad más. Tal vez estos sean frutos de una gran conversión, pero no son la conversión.
La conversión es algo más profundo y transformante. Es enamorarse. Recuerden cuando ustedes se enamoraron, comprometieron toda su vida, llegaron a no entender la vida sin el otro. Algo similar ocurre en la conversión. Llegar a enamorarse de tal modo de Cristo, que nos compromete toda la vida, y ya no se la entiende sin él.
Convertirse es cambiar de meta, no solo de camino. Es enamorarse de nuevo. Es cambiar la pasión dominante de la vida, el sentido de la existencia. Algunos dicen: “mi vida es la política”, “mi vida es el trabajo”, “mi vida es tal actividad”; para Pablo después de la conversión es: “mi vivir es Cristo”. A esto debemos apuntar todos. La autoestafa es la mediocridad en la fe, nos ha llevado a colocar nuestra relación con Cristo después de muchas otras cosas. En muchos casos somos personas, matrimonios, que aparentamos ser más o buenos: “buena gente”, cumplimos con ciertas obligaciones sociales y religiosas, pero que al mirar el interior, a la luz del evangelio, nos encontramos que es una ruina total, que está podrido de egoísmo.
Producen “piel de gallina” las palabras del Señor a las Iglesias en el Apocalipsis. A la de Sardes, por ejemplo: “El que posee los siete espíritus de Dios y las siete estrellas, afirma: Conozco tus obras: aparentemente vives, pero en realidad estás muerto… porque veo que tu conducta no es perfecta a los ojos de Dios” (Apoc 3, 1ss). Frente a tal afirmación, cómo alguien no se va a preguntar: ¿Acaso, no seré yo este muerto que vive nominalmente? La respuesta dependerá de si se es o no mediocre.
El drama de la Iglesia no pasa por los ataques que vienen de afuera, por persecuciones explícitas o sutiles, por los ateos o los agnósticos, sino que pasa por la gran masa de cristianos que de esto tiene poco, esa cantidad de gente mediocre, satisfecha, que simplemente cumple obligaciones y punto. Después, ¡que los dejen en paz! Jesús nos dijo, “ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz para el mundo…” (cfr. Mt 5, 13-14). Miremos la tierra, observemos este mundo a oscuras, contemplemos esta sociedad corrompida: ¿de quién es la culpa? ¿No será de los cristianos que simplemente lo son por rutina, por inercia?
Este mundo no es para mediocres, ni para cobardes que tienen miedo de vivir el evangelio. Este mundo es para valientes, para santos. No piensen en los otros, cada uno piense en sí mismo. Que cada familia sea una antorcha que ayude a los demás familias a reorientar su camino hacia Cristo.
Para dialogar en pareja
1- ¿Hemos descubierto nuestro hombre nuevo interior?
2- Si en nuestra vida hubo alguna experiencia fuerte de conversión: ¿sigue en primera línea el hombre nuevo, o hemos vuelto al hombre viejo?
3- ¿Somos cristianos que seguimos a Cristo de verdad, o nos hemos dejado atrapar por el aburguesamiento, la rutina, la mediocridad, el no te metas, la dejadez?
4- ¿Estamos dispuestos a que nuestra familia sea una antorcha que ilumine a los demás y los guíe hacia Cristo? ¿Cómo empezaríamos a concretarlo?
Para orar juntos
Señor Jesús, te pedimos como familia, que produzcas en nosotros una auténtica conversión.
¡Deseamos convertirnos! Queremos gritarle al mundo, que nuestro vivir, eres tú Señor.
Ayúdanos, a no ser mediocres, cristianos anquilosados, que ni salamos ni alumbramos a este mundo.
Nuestra vida quiere estar inscripta en la lista de los valientes, de los santos… estamos seguros que tu gracia no nos falta.
Te ofrecemos, Señor, nuestro hogar, para que lo transformes en nuevo, y así, desde nuestro testimonio, muchas familias te encuentren a ti. Amén.
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