
La verdad es que yo no podía imaginar lo que iba a vivir esos días, en aquel Congreso del Movimiento Hijos de Hogares Nuevos, en Misiones. Nos invitaron, comenzaron los preparativos... nos reuníamos, rezamos, hicimos la bandera todos juntos. Cuando iniciamos el viaje, sentí que Dios me había llamado a algo importante. Porque el compartir con los chicos de mi Diócesis y mi hermano Mariano tantas horas, charlando, rezando, tomando mates, riendo, fue maravilloso.
Después, llegamos a Wanda y comenzamos a encontrarnos con los Hijos, que venían de otras provincias, de otros países y todos nos abrazábamos como si nos conociéramos de toda la vida, me emocioné muchísimo, ya que sentía que Dios estaba allí junto a nosotros. También, cuando fuimos a la casa que nos alojaría ese fin de semana, fue muy lindo y ¡cuánto amor nos dieron! Y recién nos conocíamos, sin embargo, se dispusieron con tanta generosidad preparándonos desayunos, comidas exquisitas y hasta nos llevaron a conocer las Minas de piedras semipreciosas de allí. Realmente nos hicieron sentir parte de su familia y de hecho, nos decían “hijas” y nosotras “padres postizos”.