Cada día es una nueva oportunidad que Dios nos concede para crecer en todas las dimensiones de nuestro ser y para realizar más eficazmente el programa que, al llamarnos cristianos, Él nos ha trazado.

Reflexionando sobre la razón de ser del cristianismo en la vida de los miembros de la Iglesia, se presenta la necesidad de que el Evangelio nos inspire a vivir humana y cristianamente las diversas etapas de la vida. Nuestro compromiso con Dios, debe abarcar todas las etapas y todas las circunstancias de nuestra vida.

Un tema de mucha importancia en una de estas etapas, respondiendo a inquietudes e interrogantes que pueden presentarse hoy en día, es el noviazgo. Esa etapa transitoria, pero decisiva en la vida.

En plena juventud, se siente dentro de uno mismo el bullir de la vida, con entusiasmos, proyectos e ilusiones, llenos de vigor y frescura. Y en ese bullir un elemento importante es el fenómeno del amor. Parece tan fácil, tan inmediato, el amor...

Hoy se valora mucho la espontaneidad, la sinceridad, la inmediatez en las relaciones humanas, y especialmente entre los jóvenes. Hay en ello un valor innegable. Pero con frecuencia se mezcla con ese valor un grave defecto: la superficialidad. El amor, se dice, es un impulso espontáneo: hay que dejarse llevar por el amor... y se da por descontada la plena felicidad. Y, sin embargo, ¡cuántos fracasos! ¡cuántos matrimonios rotos apenas al nacer! Cada día son más frecuentes las separaciones y los divorcios, es decir los fracasos, provocados incluso por nimiedades.

No, no es fácil el amor, el amor verdadero, el que dura y hace feliz. Se toma a la ligera, como algo descontado: se fundan hogares sobre arena, y a la menor tormenta todo se viene abajo. Hay un proverbio ruso que dice: “Hay que pensarlo bien antes de iniciar un negocio, dos veces antes de ir a la guerra, tres antes de casarse”. El fallo está muchas veces en eso en que no se piensa, no se prepara el matrimonio, no se va a la escuela del amor...

Para aprender a construir casas de piedra se dedican cinco o más años al estudio intenso en una facultad especializada; y se pretende edificar la casa viva del propio hogar con un poco de ilusión y “buena voluntad”, o, peor aún, a base de pasión y sed de aventura. Para prepararse al mundo de los negocios se gastan años enteros entre clases y libros; y se lanzan algunos al negocio de la vida a ciegas, con ligereza pasmosa. Después de la salvación eterna, el negocio más serio y decisivo de un joven es la construcción del propio futuro junto a quien ha de compartir todas sus horas, sus penas y alegrías. Un fracaso en la carrera o en una inversión fuerte es duro y triste; pero siempre se puede uno rehacer. El fracaso en el amor, en la realización de la propia familia, puede teñir de tristeza toda la vida.

Escuela del amor. Esto debe ser el noviazgo. La escuela en la que dos jóvenes se conocen a fondo y aprenden a amarse de veras, a desprenderse de sí mismos para darse al todo y dar vida a otros: sus futuros hijos.





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